domingo, 12 de noviembre de 2017

Indies, hipsters y marxistas

En su conocido ensayo Indies, hipsters y gafapastas (Capitán Swing, 2014), el crítico musical Víctor Lenore  reduce la estética y el gusto a elementos de la 'superestructura' que servían para legitimar el poder de las nuevas clases dominantes de la sociedad. Aunque sazonada con las teorías sociológicas de la distinción de Bourdieu, la concepción estética de Lenore pertenece claramente a esa tradición ortodoxa del marxismo que han criticado, entre otros, Georges Steiner o Marcuse. Esta tradición sostiene que el arte representa siempre los intereses y la visión de mundo de las clases sociales dominantes. Los supuestos básicos de la estética marxista ortodoxa siempre han sido la reducción del arte a ideología y la relación de este con las clases sociales y la base material. Esta idea surge como resultado de una concepción rígida y determinista del concepto marxista de base material y superestructura que implica una noción normativa de la base que se opone a cualquier realidad no material. El componente determinista de la estética marxista ortodoxa, como señaló Herbet Marcuse, radica en una noción reduccionista y vulgar de la consciencia que devalúa el espacio de la subjetividad, de la intimidad y de las emociones, por considerarlo un producto de la ideología burguesa.


Sorprende que Lenore pase todo su ensayo reduciendo la calidad estética de cualquier obra a una cuestión ideológica y acabe diciendo que: «En realidad, este libro no intenta pedir más arte político. La cultura raramente alimente procesos de cambio, sino se limita a intuirlos o acompañarlos. Cuando se escriben canciones, películas o novelas como instrumentos políticos, suelen salir panfletos infumables, que no son buenos ni para el arte ni para la política.» La frase me parece un contrasentido cuando páginas antes ha defendido el cine de Michael Moore y otras propuestas de cine social frente al hermetismo de Klunge o Erice. Con su apología del documentalista norteamericano o la música de Manu Chao es evidente que la concepción artística de Lenore es claramente social; es decir, para él la política en el arte tiene que ver con una explicación o mostración de alguna situación a partir de determinadas condiciones sociales o de una visión ética sobre determinada realidad considerada injusta. Lenore defiende a Moore porque cree que se lo crítica debido a que el activismo es estéticamente inadecuado, ya que sustituye la calidad estética por las buenas intenciones éticas. 


Justo después de que afirme que no está pidiendo más arte político a pesar de que ha reducido la estética a una cuestión de transmisión ideológica y compromiso social, Lenore lanza uno de los principios básicos del pensamiento crítico marxista: «las escenas culturales que no atiendan a los contextos sociales y a los mecanismos de poder están condenados a la complicidad o la irrelevancia» (p. 148). Esa asunción de que cualquier obra, o persona, que no critique la realidad social o cuestione el estatus es culpable de apoyarlo, convierte al componente crítico no solo un elemento de valor sino la única cuestión que determina su calidad. Para Lenore y toda la izquierda cultural que representa, la calidad de una manifestación cultural o una obra de arte está relacionada con su mensaje político explícito, por eso Michael Moore es un gran cineasta y Alexander Kluge un creador «de densos bodrios conceptuales». La declaración no tiene que sorprendernos, ya que, por ejemplo, para la tradición marxista ortodoxa James Joyce era el creador de «una mierda llena de moscas» porque su Ulises no hacía referencia al Alzamiento de Pascua en Irlanda (1916). Estos nuevos marxistas, ahora reconvertidos en populistas, nunca han entendido el valor de la estética y su relación con la política porque siempre han concebido el arte en términos de propaganda y concienciación social, y la estética como mecanismo de dominación de las élites y como esteticismo; es decir, como un embellecimiento de los productos del mercado o como un formalismo que intenta liberar al arte de su contexto de creación y ocultar posiciones ideológicas a través determinadas abstracciones como el gusto, la sensibilidad... 

Esta simplificación intelectual se fundamenta en una reducción de cualquier manifestación cultural a ideología, y de la estética a lo político y correctamente comprometido. Cuando esto no ocurre, el crítico marxista trata de redefinir cualquier artefacto cultural como una especie de acto simbólico que le permitirá sacar a la luz la realidad de las condiciones materiales de la obra de arte que trata de ocultar el contexto social de su creación. El papel del crítico marxista consistiría en sacar a luz las condiciones sociohistóricas que han sido suprimidas para denunciar las complicidades con las estructuras de dominación. El fin último de esta empresa crítica marxista sería la supuesta defensa de los intereses de los grupos subordinados. Pero hablar de lo popular en contra de la hegemonía cultural se ha convertido en la performance ideológica de determinada izquierda que señala que: «todo es hipster, menos lo mío, que defiendo lo verdaderos gustos del pueblo». Esta fetichización de la cultura popular por parte de la izquierda siempre ha tenido un aroma nostálgico y romántico. La cultura del pueblo sería una cultura auténtica y genuina que emana de manera natural de las clases populares como parte de su identidad. Esta izquierda siempre ha insistido en que el compromiso del arte debe orientarse hacia el pueblo porque cree que el pueblo es capaz de hacer y cambiar la Historia.

En su crónica de la dominación cultural, Lenore hace de lo hipster lo mismo que los marxistas clásicos lo burgués: la encarnación de todos los males que deberían eliminarse para que la revolución proletaria triunfe. Creo que para esta izquierda cultural, la categoría de hispter representa tanto una nueva clase social objetiva fruto de la ideología neoliberal, con unos gustos y un estilo de vida homogéneos, como una nueva categoría estética que sirve para descalificar a cualquier escritor, artista o músico que no muestre compromiso político de izquierdas y refleje los gustos del pueblo. Esta retórica antagonista provoca que si aplicásemos los argumentos estéticos de Lenore contra la dominación cultual hipster haríamos de Marx, Engels, Lenin o Luckás unos hispters disfrazados de marxistas revolucionarios: entre los escritores favoritos de Marx se encontraban Goethe o Balzac, a Lenin le encantaba Tolstoi y a Luckás, como sabemos, Walter Scott o Thomas Mann, todos autores ideológicamente burgueses.

Por suerte, desde Benjamin hasta Rancière pasando por Adorno o Marcuse, y por supuesto Brecht, dentro del 'marxismo heterodoxo' se ha mantenido la idea de que incluir ideas revolucionarias en una obra no convierte al público necesariamente en revolucionario. En primer lugar, porque estos autores, a pesar de sus diferencias, creían que la mejor manera de subvertir la ideología burguesa consistía en atacar sus códigos de representación y no solo cambiar el contenido de lo representado. La concepción política de esta nueva izquierda ortodoxa, además de partidista y tendenciosa, suele ser bastante naíf. Se creen, como ha criticado Jacques Rancière en muchas de sus obras, que «pasamos de la visión de un espectáculo a una comprensión del mundo y de una comprensión intelectual a una decisión de acción». Tienen una concepción pedagógica sobre la eficacia política del arte porque consideran que éste es capaz de movernos a la indignación al mostrarnos cosas indignantes. Pero el problema de su pensamiento no es tanto la exigencia del compromiso social en el arte, como que parecen dar por sentado su eficacia con la validez política o moral de los mensajes que lanzan los artistas en sus obras. Como bien ha explicado el filósofo francés, «la eficacia del arte no consiste en transmitir mensajes, ofrecer modelos o contra modelos, en transmitir mensajes o enseñar a descifrar las representaciones. Consiste antes que nada en disposición es de los cuerpos, en recortes de espacios y tiempos singulares.» La política de la estética, por lo tanto, no tiene que ver tanto con lo ideológico sino con la reconfiguración de lo sensible que es capaz de introducir una separación en el orden del consenso. O dicho de otra manera, para Rancière la estética es el espacio de lo político en el que se crean disensos a través de nuevas formas de exposición de lo visible. La política en el arte o en la novela, como también ha explicado Alberto Santamaría, solo puede existir cuando se produce una fractura en el sentido de la política. Porque si no «toda obra que pretende ser crítica y política solo influye en el universo consensual donde se acepta». No crea, señala, «ningún tipo de disenso más allá del necesariamente autoimpuesto para ser etiquetada como política». 

1 comentario :

Unknown dijo...

Bingo! Confusión y demagogia son parte fundamental del pensamiento de muchos "críticos" de "izquierda". Pero claro, es jodido leer a Benjamin, y no digamos a Adorno..
Es más sencillo simplificar el mensaje.
Buen artículo!
Un saludo.