miércoles, 18 de enero de 2017

Remainder (Residuos), de Tom McCarthy y Omer Fast


Uno de los temas que de manera más insistente abordaba Tom McCarthy en su novela Residuos era la pérdida de autenticidad[1] que su protagonista sufría después de un accidente y su posterior recuperación. El trauma que le provocaban los fragmentos de un satélite en la cabeza generaba en él un sentimiento de inautenticidad. El protagonista intentaba superar esa sensación de falsedad y teatralidad realizando diferentes y detalladas reconstrucciones de hechos de su vida y de la vida gracias a la millonaria indemnización que cobraba por el accidente. La meta de estas recreaciones, como explica en la novela, era permitirle «ser fluido, fundirme con la acciones y los objetos hasta que no hubiera nada separándonos, y nada separándome de la experiencia que estaba teniendo.»[2] Para recuperar la autenticidad necesitaba romper con esa barrera de reflexión y conciencia que para él provocaba que todos seamos «de segunda mano.» Así que si hacemos caso a lo que explica el propio personaje, Tom McCarthy estaría planteando el viejo tema de la escisión entre sujeto (conciencia) y objeto (realidad) en favor de una presunta idealidad que el personaje lograría solo a través de las recreaciones. Aunque esta es la lectura habitual que muchos hacen de la novela, tengo que decir que es equivocada porque lo que plantea es precisamente el fracaso del sueño de la autenticidad. Para McCarthy cualquier intento de acceder a la autenticidad no puede evitar (re)caer de nuevo en la inautenticidad por culpa de la imperfecta e informe materialidad de la existencia que nunca puede ser dominada por el sujeto. Durante sus perfectas reconstrucciones, el personaje de la novela se enfrenta a una serie de imprevistos que se escapan de su control y que por lo tanto desbaratan su meticulosa puesta en escena. Sin embargo, y por paradójico que parezca, son esos hechos completamente azarosos que ocasionan que fracase su intento de unión con la realidad en los que se condensa de manera más intensa lo real, como la arruga de la moqueta que provoca, tanto en el libro como en la película, que los atracadores se tropiecen durante una de las recreaciones del asalto al banco.



Muchas de las ideas y los conceptos que se desarrollan en la novela aparecían articulados en el manifiesto y en algunos documentos de la International Necronautical Society, extraña sociedad que Tom McCarthy fundó en 1999 con la que intenta, según sus principios fundacionales, colonizar los espacios de la muerte. Entre lo artístico y lo filosófico, con su creación el escritor parecía remedar el tono de los manifiestos vanguardistas. Como leíamos en uno de su puntos, «siempre hay un residuo que permanece, un tipo de marca que hace que fracase nuestro intento de coincidir con la realidad; un accidente del cual apenas recordamos nada». Este residuo que da nombre a la novela y que obsesiona casi filológicamente al personaje podemos entenderlo a partir de las coordenadas de lo informe y de la heterología de Georges Bataille, lo que nos permite vincular Residuos con su siguiente y fabulosa novela Satin Island (Pálido Fuego, 2016); o por el contrario comprender esas irrupciones de la materialidad como momentos de contingencia en los que en términos semióticos se condensa la indexicalidad de la vida que persigue el personaje con su recreaciones. Esta contingencia que funcionaria como un momento privilegiado para la irrupción de lo real porque ofrece una apariencia de inmediatez y actualidad [3] es la que está mas presente en la adaptación de Omer Fast.

Las reconstrucciones del protagonista de Remainder (2015) guardan similitudes con la obra de artistas como Rod Dickinson, Jeremy Deller, Iain Forsyth y Jane Pollard o el mismo Omer Fast y cineastas como Peter Watkins o Rithy Pahn, entre otros. La denominada práctica del re-enactment se utiliza como una forma de arqueología del pasado que sirve para exhumar sucesos traumáticos de la Historia que no han sido asimilados por los individuos o que permanecen ocultos en la memoria. Desde que leyó la novela, el vídeo artista germano-israelí Omer Fast percibió una clara vinculación con su obra; él también trabaja sobre las nociones de trauma, memoria y representación. Como señala al final de la entrevista-casting a un sargento norteamericano en su vídeo-instalación The Casting (2007): no le interesa tanto el aspecto político de lo que muestra como la relación de la memoria con la narración y cómo esta acaba mediatizada cuando se transmite. Aunque la adaptación de Fast es bastante fiel a la novela de McCarhty, la película parece más preocupada por el recuerdo (reminder) y su escenificación que por el residuo (remainder) y la inautenticidad de la existencia. El protagonista interpretado por Tom Sturridge es un sujeto postraumático que no desentonaría en ninguna de sus obras ni vídeo-instalaciones.

Imagen del inicio de la escena de la recreación de la casa
La reconstrucción de la casa, que le permite escenificar y repetir una especie de recuerdo difuso que aparece en forma de instantáneas y flashbacks, tiene un evidente aire de proyecto proustiano que está inscrito en el mismo nombre del edificio: Madlyn Mansion. El protagonista es una especie de artista que ha recreado un edificio para que un determinado momento perdido que aparece como una especie de imagen mental pueda repetirse hasta el infinito. Este creador de re-enactments reproduce un pasado que parece afirmar su autenticidad en su misma repetición. Las reconstrucciones son simulacros o imágenes que le permiten habitar y revivir momentos como un espectador privilegiado que detiene, acelera o ralentiza la escena hasta que logra ese estado de calma o éxtasis en el que saborea de manera intensa el presente. Pero estas recreaciones no son un presente absoluto sino que contiene la huella del trauma en la que se tocan el pasado y el futuro, los recuerdos y los augurios del protagonista, como muestran algunas imágenes subjetivas a modo de flash en las que vemos el muerto del atraco. En la película de Fast las reconstrucciones adquieren un carácter más benjaminiano que en libro porque el protagonista se siente impulsado a buscar «esa chispita minúscula del azar, del aquí ahora, con la que la realidad chamusca su carácter de imagen» [4].



[1] Un tema que ha sido recurrente en la filosofía desde el Romanticismo: en Kierkegaard a través del sacrificio del hijo de Abraham; en Nietzsche con lo dionisíaco; en Heidegger con la propiedad y la impropiedad del dasein; en Sartre con la náusea; y en Camus con las ansiedades de El extranjero. Véase Jacob Golomb: In Search of Authenticity: From Kierkegaard to Camus. London: Routledge, 1995.
[2] Tom MacCarthy: Residuos. Madrid: Lengua de trapo, 2011, p. 273.
[3] Mary Ann Doane: La emergencia del tiempo cinemático: la modernidad, la contingencia y el archivo. Murcia: Cendeac, 2012.
[4] Walter Benjamin: «Pequeña historia de la fotografía», en Sobre la fotografía. Valencia: Pre-textos, 2004, p. 26.

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