domingo, 25 de diciembre de 2016

Melancolía, de Simon Hanselmann

En la portada de Bahía de San Búho (Fulgencio Pimentel, 2015), Meg aparecía como una Ofelia de Millais flotando sobre las aguas con un cigarro en una mano y un ramo en la otra a punto de sumergirse en las profundidades del tedio y la depresión, temas centrales de la serie de Megg, Mogg y Búho del dibujante australiano Simon Hanselmann. Cualquier lector de esta popular sitcom de toxicómanos sabe que el sentimiento melancólico está completamente ausente, tanto en sus personajes como en el tono tragicómico, lisérgico y gamberro con el que el autor representa el vacío y el tedio de unas vidas anestesiadas por las drogas y la comida basura. Aunque, por ejemplo, Darian Leader quiera renunciar al concepto de depresión para recuperar de nuevo el de melancolía[1], a pesar de su parentesco, las diferencias y las tensiones entre estos estados está en el centro de alguna de las obras de Ugo Rondione. El artista suizo muestra las consecuencias de la pérdida de la melancolía que se produce con la depresión. Si la melancolía, decía Agamben[2], no es tan solo una reacción regresiva ante la desaparición de un objeto de amor, sino la capacidad fantasmática de hacer aparecer como perdido un objeto ya inaprobiable, la depresión provocaría la desaparición de la necesidad de apropiarse de ese objeto perdido. Tanto el melancólico como el depresivo parecen ignorar la causa de su estado, sin embargo el primero sabe que hay algo que ha desaparecido y el segundo ha perdido la capacidad misma de desear o añorar la pérdida porque aparece sumido en un estado de indiferencia y apatía.

El aficionado a los cómics puede comprobar estas diferencias entre melancolía y depresión si compara la obra de Seth o Chris Ware con la de Simon Hanselmann. Las novelas gráficas de estos dos autores son un claro reflejo de lo que José Luis Molinuevo, en el ámbito cinematográfico, calificó como modernidad melancólica[3]: una estética de los intermedios y de lo cotidiano que explora las posibilidades (no) narrativas de las viñetas de los tiempos muertos que ponen entre paréntesis la historia y los sujetos. Esta modernidad melancólica del cómic sería el resultado tanto de una reflexión sobre las posibilidades formales del cómic fuera de los modelos narrativos clásicos y de las estructuras genéricas mainstream como de una (auto)conciencia del cómic ante su propia historia como medio que lo conduce a padecer un sentimiento melancólico por un pasado que quizás nunca existió. Todos los personajes de las novelas gráficas de Seth son melancólicos patológicos que sienten una tristeza indefinida por lo que han perdido. Por eso sus protagonistas practican algún tipo de coleccionismo obsesivo, porque a través de los objetos (cómic, fotos, postales...) parecen conservar como en ámbar el pasado que ya no está. El pasado se convierte en refugio ante un presente en el que aparecen como seres anacrónicos vinculados a un tiempo que ha desparecido. Como señala Seth en La vida es buena si no te rindes, cuando empieza a deprimirse se refugia en el pasado porque allí todo sigue igual y la vida era más fácil[4].

Es evidente que Hanselmann no dibuja con la intención de intentar ampliar las capacidades estéticas del medio ni de explorar nuevas formas narrativas ni de ir más allá de ellas. La saga de Megg, Mogg y Buhó es una sencilla sitcom que sigue unos parámetros predecibles tanto en el formato de viñetas como en el desarrollo de sus historietas, y que utiliza un humor gráfico grotesco, vulgar y a veces sórdido que conserva cierta pátina del cómic underground de los años 70. Pero si los autores de aquella época recurrían a las drogas o al sexo como temáticas con las que buscaban cuestionar los valores conservadores de la sociedad norteamericana al mismo tiempo que trataban de desvincular el medio de su condición infantil, la temática toxicómana de los cómics de Hanselmann no trasgrede nada, y menos en una sociedad donde el inconformismo se ha transformado en norma y el consumo de drogas ya no está tan rechazado socialmente, siempre y cuando el sujeto siga rindiendo.

Para los personajes de Hanselmann, la diversión y la droga son intentos de escapar del tedio y la depresión. Sin la droga Megg, Mogg y Buhó vivirían en el tedio más absoluto, pero es su intento de salir de él, a través de su consumo, lo que acentúa todavía más su tedio y su depresión. En este sentido, la obra de Hanselmann podría verse como una tragicomedia pascaliana sobre el tedio. La droga crea espejismos de felicidad porque permite escapar de esa nada en la que viven asentados en su día a día. Pero el consuelo momentáneo que provoca es también su mayor miseria porque los sumerge todavía más en el tedio y a Megg en ese miedo basado en la tristeza que es la depresión[5]. Como en las novelas de Tao Lin, el aburrimiento que expresan verbal y corporalmente es un estado de apatía vital que les incita al consumo de estupefacientes y a practicar el sexo como una forma más de pasar el tiempo sin ninguna implicación emocional.

Al contrario que los personajes de Seth o Chris Ware, los del Hanselmann no pueden refugiarse en el pasado porque tanto el tedio como la depresión aparecen como un estado de permanente presentificación del sujeto en el que ni el pasado ni el futuro existen, una situación de pura inmanencia en la que nada posee sentido. Megg, Mogg y Buhó viven en un presente opaco, apático y entumecido que solo los pelotazos de las drogas y las locuras de Warewolf Jones consiguen animar. Buhó es el único que tendría la capacidad y la responsabilidad para escapar de esa monótona espiral de tedio y drogas. El comportamiento de este personaje antropomorfo que levanta tantas simpatías entre los seguidores parece el superyó freudiano que Megg, Mogg y Warewolf Jones intentan reprimir y aplacar a base de todo tipo de putadas y maldades. Él es el único que trabaja y que intenta mantener una vida ordenada y limpia en su día a día, aunque al final siempre acabe sucumbiendo a los olores de un buen porro o las promesas de un buen viaje de ácido.

Como parece sugerir el título de la recopilación de Fulgencio Pimentel, la única salida que quizás les quede a los personajes de Hanselmann consista en convertir su tedio y su depresión en melancolía, intentar liberarse de esa indiferencia que surge como resultado de encontrase sin nada que hacer, sin más propósito en la vida que drogarse para olvidar que con la depresión han perdido el sentimiento mismo de pérdida que les podría ayudar a recordar aquella famosa admonición de un poema de Rilke que se niegan a escuchar: han de cambiar su vida.



[1] Darian Leader: La moda negra: duelo, melancolía y depresión. Madrid: Sexto Piso, 2011.
[2]Giorgio Agamben: Estancias: La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Valencia: Pre-textos, 2006, p. 53.
[3]José Luis Molinuevo: Retorno a la imagen: Estética del cine en la modernidad melancólica. Salamanca: Archipiélago, 2011. https://app.box.com/shared/c0m6yyo66o
[4] Seth: La vida es buena si no te rindes. Madrid: Sin Sentido, 2003, p. 41.
[5] «describió la sensación [la depresión] como un miedo basado en la tristeza, inmune al tono y la interpretación, como si no estuviera hecho para los humanos; más visceral que la tristeza pero distinto al miedo, porque ralentizaba la frecuencia cardíaca y afectaba los sentidos haciendo que todo pareciera más oscuro». En Tao Lin: Taipei. Barcelona: Alpha Decay, 2014, p. 259.