martes, 18 de octubre de 2016

Go Down, Moses, de Romeo Castellucci

El título de la obra alude a una canción creada por los esclavos africanos en Norteamérica que también daría nombre a un conocido relato de William Faulkner de 1941. En este cuento, la vocación oculta del personaje de Gavin Stevens, que aparece en otras novelas del escritor, era una traducción del Antiguo Testamento al griego clásico en la que llevaba trabajando más de 20 años. Go Down, Moses de Romeo Castellucci no está lejos de la empresa del conocido abogado de Faulkner: vincular la cultura hebrea con la cultura griega, el mito de Moisés con el mito de la Caverna, lo que al final también supone vincular las palabras con las imágenes. Al autor italiano el profeta le interesa como figura de la liberación y revelación: liberación del pueblo de Israel y revelación de la palabra de Dios a través de los Mandamientos. Castellucci se había encargado de la puesta en escena de la conocida ópera de Arnold Schönberg, Moisés y Aarón, que algunos pudimos ver en el Teatro Real de Madrid hace unos meses. La inacabada obra del compositor vienés estaba influida por la filosofía del lenguaje de Wittgenstein y el judaísmo. Para transmitir la revelación de la palabra de Dios al pueblo, Moisés tenía que recurrir a las capacidades lingüísticas de su hermano Aarón. Al Moisés de Schönberg le faltaban las palabras para cumplir con la misión encomendada por la zarza. El único profeta con el que Dios habló cara a cara parecía incapaz de transmitir la revelación porque se encontraba limitado por el lenguaje. En Go Down, Moses es una figura ausente que tiene la misión de liberar a unos esclavos que todavía no saben que forman un pueblo, como señala la madre en un momento de la obra. Esta figura femenina es la única protagonista en esta construcción ficcional con la que director italiano vuelve a tratar el eterno problema de la irrepresentabilidad. La impotencia de las imágenes para representar ciertas realidades que se sustraen a la representación se convierte en prohibición en el Judaísmo. Pero Jacques Rancière decía que cuando los acontecimientos no están sometidos ya una construcción de una historia, no tiene sentido hablar de lo irrepresentable en cuanto a imposibilidad. El teatro de Castellucci no tiene que ver con la causalidad aristotélica que busca crear una ficción a partir las nociones de necesidad y verosimilitud, sino con los espacios, los cuerpos y el tiempo. Estamos ante una dramaturgia de la imagen alejada del teatro entendido como drama literario. Su teatro intenta escapar de los significados a través de la creación de imágenes que evocan sentimientos y emociones antes que historias o conceptos claros. Por un lado, esta concepción teatral hunde sus raíces en los orígenes de la tragedia griega que estudió Nietzsche y en la escena posdramática contemporánea; y por otro, la imagen en su teatro no es solo el aspecto exterior de la cosas, sino aquello que se crea en lo imaginario través de la experiencia de la representación. Para Romeo Castellucci, lo escénico se convierte en la producción de elementos visuales y sonoros capaces de generar una visión que ponga en riesgo la autoridad y la verdad de otro tipo de imágenes a través de una feminización del mito de Moisés.

El descenso de Moisés al que alude el título de la obra se transforma en un viaje en el tiempo hacia el lugar de lo originario a través de una máquina de resonancia magnética. Después de la elipsis temporal con reminiscencias a 2001, odisea en el espacio (1968), los humanos simiescos que aparecen en esa impresionante cueva platónica piden socorro cuando se percatan de que están prisioneros. Las manos de la mujer primitiva estampadas en el velo traslúcido que cubre el escenario crea una pintura prehistórica rupestre, similar a la que se encuentra en la Cueva de El Castillo (Cantabria). Esta ur-imagen femenina muestra que la libertad del ser humano con respecto a la naturaleza, como mantiene Hans Belting, consiste precisamente en que puede liberarse de ella mediante la fabricación de imágenes. Castellucci utiliza la alegoría de la caverna como lugar al que se desciende para revelar la verdad y liberar a la humanidad de la esclavitud originaria de la idolatría. Las imágenes verdaderas serían aquellas capaces de mostrar aquello que no tiene cara ni cuerpo y que, por lo tanto, no se puede representar. En Go Down, Moses el poder las imágenes reside más en su fuerza transcendental que en su apariencia. En términos kantianos diríamos que en su capacidad para expresar el sentimiento indecible que despierta en nosotros cierta representación que parece irreductible a cualquier concepto. La relación que Castellucci establece entre las imágenes y las palabras no es transparente y recíproca: su nexo crea una especie de liberación porque concibe el espíritu estético desde la perspectiva romántica de una forma que se excede a sí misma. Lo visual y el lingüístico están entrelazados pero no coinciden. Y esa opacidad de los significados es la que reafirma la experiencia visual de su teatro. Sus imágenes insisten en esa limitación que sentía Moisés para transmitir, a través del lenguaje, el mensaje de una imagen ardiente (la zarza). Esta inconmensurabilidad de lo visual crea un excedente de sentido que escapa de la falsa transparencia del lenguaje. Lo irrepresentable, por lo tanto, se convierte en un ejercicio de toma de posición en relación a la vinculación entre las palabras y las imágenes. Lo irrepresentable no aparece como una prohibición sino como una imposibilidad donde la imagen está referida a una ficción capaz de llenar ese espacio de lo que no puede decirse o representarse. El problema, sin embargo, quizás no siga estando en si optar por escapar de la caverna para ver una realidad más perfecta que la sensible o, por el contrario, adentrarnos todavía más en ella, sino en una correspondencia tensa e insatisfactoria entre las superficies y la profundidad.

4 comentarios :

Roberto Amaba dijo...

Joder me interesa mucho todo esto, la representación y la imagen enredando entre lo bíblico y lo biológico. Lástima no poder verla. El Moisés y Aarón de Straub&Huillet era otro enfoque maravilloso. Muchas gracias por toda la información, Horacio.

Un saludo.

Horacio Muñoz Fernández dijo...

Es una obra interesante por esa tensión que existe entre lo textual y lo visual, entre una tradición hebrea y una católica. Moisés era un personaje con tintes platónicos que rechazaba cualquier representación ante la inconmensurabilidad de la idea de Dios. Por eso no choca que sea su madre en la obra la que liberé a los habitantes de la caverna de la esclavitud de las apariencias. Pero Castellucci hace un teatro de imágenes y confía en cierto horizonte sagrado de las apariencias, así que de alguna forma él estaría más próximo a Aarón que a Moisés. Utiliza lo mítico en clave nietzscheana/wagneriana: como un espacio de imaginación y fuente de imágenes. Pero la imagen le interesa como aquello que excede lo imaginable, su componente transcendental, lo que tiene un componente católico y kantiano innegable. Quizás por eso señala quiere convertir su teatro en un espacio de lo religiosos sin ser creyente de nada.

Un abrazo Roberto

Roberto Amaba dijo...

Voy a dejarlo por favoritos para que no se me olvide buscar de vez en cuando una posible edición en DVD o algún reportaje. Que no será lo mismo, pero bueno.

Un abrazo Horacio.

Horacio Muñoz Fernández dijo...


Roberto, el canal Arte Conciertos había emitido la ópera de Moisés y Aarón. Y hasta hace no mucho, estuvo subida en youtube, pero parece que la han eliminado. Así que puede que encuentres alguna copia por internet.

Abrazos