lunes, 6 de junio de 2016

Eres Hermosa, de Chuck Palahniuk



En Eres Hermosa (Mondadori, 2016), mordaz anotomía del placer y el deseo en la sociedad de consumo, el escritor norteamericano Chuck Palahniuk parodia esa exitosa reactualización del mito de la cenicienta en clave soft porn de algunos libros femeninos, y que sorprendentemente defendía Eva Illouz en su ensayo Erotismo de autoayuda (Cincuenta sombres de Grey y el nuevo orden romántico) (Katz, 2015). La socióloga patinaba al querer ver en este best-seller el triunfo del punto de vista femenino en nuestra cultura y la representación de las aporías de las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. El erotismo para menopaúsicas y el cursi sadomasoquismo del popular libro ni escandalizaba ni subvertía ningún estereotipo sino que los reforzaban. El sexo en la novela era una práctica de consumo y disfrute más, en la que cualquier rasgo de negatividad había sido eliminado. Por eso tenemos que darle la razón a Byung-Chul Han, el cansino superventas de la filosofía, cuando en su migaja La agonía del eros (Herder, 2014) mantenía que las prácticas descritas en la novela no eran más que variedades de sexualidad: «Les falta toda negatividad de la transgresión o infracción, que caracteriza todavía la erótica de la transgresión de Bataille».[1]

A finales de los años 70, Gilles Deleuze y Felix Guattari propusieron el deseo como principal fuerza liberadora para combatir el carácter represivo del capital. Pero en una sociedad de absoluta positividad, deseo y consumo se condicionan mutuamente. El deseo está lejos de funcionar como mecanismo de contrapeso del mercado. Los estímulos se dirigen a él para incentivar las compras. Todos los mensajes y todas las imágenes buscan excitarlo para incitarnos a adquirir más bienes de consumo. Nuestro deseo ha sido atrapado en los circuitos internos de la mercadotecnia y la publicidad que han creado un deseo mecánico que ya no aspira tanto a poseer cuerpos sino que repite compulsivamente el gesto en busca de más placer y satisfacción. El funcionamiento del mercado consiste en hacer del deseo el motor social convirtiendo a los consumidores en seres, quizás productos, continuamente insatisfechos. Estamos, como ya advirtiera Jean Baudrillard, en la «era de la producción y de la gestión de todos los goces, del procesamiento del deseo cuyo último avatar es la mujer productora ella misma como mujer y como sexo».[2] Es este apogeo del goce y su vinculación con el consumo, lo que relata Chuck Palahniuk en Eres Hermosa a través de una libidinal sátira distópica: cómo el (bio)poder se intenta apropiar del deseo y los cuerpos femeninos para aumentar las ventas.

El personaje C. Linus Maxwell, una especie de Charles Foster Kane que aprendió con los mejores expertos en sexo del mundo, hasta dominar y entender todos los mecanismos del placer, sacará al mercado una línea de productos íntimos para la mujer capaz de provocar salvajes orgasmos dignos de la revista Cosmopolitan. La mujer con la que realizará sus últimos experimentos para perfeccionar al máximo las herramientas del placer es una torpe, pobre, fea y joven abogada de pueblo con la que empieza a salir de manera aparentemente accidental. Durante su romance, Penny acabará reducida a la mera condición de cobaya de laboratorio. En sus encuentros sexuales, el multimillonario Linus Maxwell, conocido en la prensa como Gran C.LiMax, se comporta con la misma asepsia científica que William Master en la serie Master of Sex: los dos representan la figura del experto que intenta descubrir los misterios del orgasmo femenino reduciéndolo a una mera cuestión de fisiología y anatomía. Muestra de que en nuestra época, como escribía Tiqqun, «el ars erotica se ha convertido en scientia sexualis».[3] Para Maxwell, el amor no es más que una cuestión de manipulaciones nerviosas que desaparecen cuando se evaporan los orgasmos. Palahniuk nos relata cómo esa sobreestimulación del deseo, por medio de los productos diseñados minuciosamente en secreto durante años, termina restructurando el cerebro de las mujeres de medio mundo, creando hordas de adictas al placer, de yonquis de los orgasmos que abandonan sus obligaciones y compromisos familiares y laborales para seguir fustigando su entrepierna y malgastando sus cuentas bancarias hasta que las pilas y el dinero se lo permitan.

La única forma de combatir ese ersatz amoroso que solo produce convulsiones de placer para incentivar las compras, la forma de liberar a las mujeres de la dominación y la esclavitud orgásmica que las está consumiendo, será reemplazar el onanismo sexual por el amor. Un poco a la manera del último Foucault, el escritor norteamericano acaba convirtiendo la vida erótica y al amor, el cuidado de sí, en la respuesta a la coerción disciplinaria del cuerpo femenino y la mecanización del deseo. La reapropiación del cuerpo y del deseo de las mujeres se hará con la ayuda de la maestra de Maxwell: Baba Barbagris, una anciana mística del sexo que vive refugiada en una cueva en el Himalaya y que arrastra los pelos de su coño por el suelo como una barba de ermitaña. Esta especie de Yoda de los misterios del placer femenino es la única persona que puede ayudar a Penny a liberar a las mujeres de la alienación de su deseo y desbaratar los aparentes planes de dominación global de ese multimillonario Darth Vader del placer femenino, con un lado oscuro que esconde a un melancólico personaje hitchcockiano.



[1] Byung-Chul Han: La agonía de Eros. Barcelona: Herder, 2014, p. 15.
[2] Jean Baudrillard: De la seducción. Madrid: Cátedra, 1981, p. 10.
[3] Tiqqun: Primeros materiales para una teoría de la jovencita. Seguido de «Hombres-máquina: modo de empleo». Madrid: Ediciones Acuarela y Antonio Machado, 2012, p. 171.

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