domingo, 22 de mayo de 2016

Los que miran, de Remedios Zafra


A lo largo de su producción ensayística, Remedios Zafra siempre ha intentado huir de las categorías y las clasificaciones, situándose con sus obras en un territorio liminar alejado del academicismo, las disciplinas y los compartimentos estancos. Partiendo de la experiencia de lo próximo, lo íntimo y lo personal, su escritura, como decía Adorno, siempre ha palpado y sentido su objeto de reflexión contraviniendo todas las ortodoxias investigadoras y positivistas. Ella nunca ha concebido de manera opuesta el pensamiento y la narración, la teoría y la experiencia, lo fáctico y lo conceptual. Por este motivo no es fácil clasificar su primera ‘novela’ Los que miran (Fórcola, 2016). Una novela ensayística o un ensayo novelado en el que Remedios Zafra mezcla de manera asombrosa lo narrativo, lo ensayístico y lo poético. A la autora le gusta describirla como «la cara oculta» de Ojos y Capital (Consonni, 2015), como una especie de paralipomema (más) narrativo que escribió al mismo tiempo que el ensayo y que en algún momento llegaron a estar juntos en un mismo archivo. En esa obra, en la que analizaba las consecuencias del ocularcentrismo virtual, aparecían fragmentos de la novela que servían para ilustrar alguno de sus argumentos en contra de la hegemonía de la mirada y la exigencia del ver y ser vistos como nueva forma de reconocimiento y valor.

Si la red y el medio digital favorecen un excedente de imágenes sin carne porque despojan, principalmente, a la comunicación de su carácter corporal, el punto de partida de la novela es el encuentro traumático con lo real: la muerte. Las imágenes de la pantalla permiten olvidar la carne y las heridas alejando a golpe de click todo aquello que molesta, pero la imagen de la muerte de un ser querido no puede borrarse u olvidarse aunque uno quiera. A la narradora de Los que miran el recuerdo de la imagen de su hermano fallecido, al contrario que las virtuales, le punza y le duele; y no solo por la terrible evidencia del esto ha sido sino por la conciencia de que cuando vivía los que estaban cerca «le miraban como si apretaran un gatillo» (p. 29). A la muerte física le precedió una muerte social, una muerte en vida provocada por el desdén de las miradas de los otros: «Entre ellos y para ellos Manuel fue “el otro”, el raro, el monstruo, el rechazado, socavado socialmente por parte de la tribu. Lo de la enfermedad fue un añadido, pero nadie puede asegurar que, cuando la muerte social coincide con la muerte física, ambas no se fundan.» (p 26)

Si Ojos y Capital era una brillante genealogía de las problemáticas contemporáneas del nuevo régimen escópico digital, Los que miran nos narra la aparición de la responsabilidad y el compromiso con el mundo que nos rodea a través del relato en primera persona de la experiencia dolorosa que supone el paso de la melancolía al duelo: del vacío dejado por la pérdida de un ser querido al reconocimiento y aceptación su muerte. Hay por ello un indudable trasfondo barthesiano a lo largo de toda la novela. Si en La cámara lúcida el escritor y ensayista francés partía de la imagen fotográfica como una manera de conjurar la pérdida de su madre, Remedios Zafra hace el camino contrario: parte del punctum del fallecimiento para (re)encontrarse con la ignorada imagen del mundo en un mundo reducido a imagen. De la experiencia del dolor nace la exigencia y la responsabilidad de descubrir unos ojos sensibles que en vez de ponernos enfrente del mundo nos permitan aprender a ver el mundo que hay entre nosotros. Para ello la narradora debe comprender «cómo las miradas empujan al otro, como matan o salvan al que miran, desligadas, o no de correspondencia, de los paisajes (es un forma de hablar) que nos movilizan o calman y en los que terminan recogidos unos ojos cansados (pp. 90-91).» Solo así podremos superar ese carácter objetivador e hiriente de la mirada del que hablaban Jean-Paul Sartre Virginia Woolf y que tuvo que sufrir en vida Manuel.

El relato íntimo de Los que miran plantearía la búsqueda de una redefinición de nuestro sentido de la vista que nos otorgue una relación más próxima con el otro superando la dialéctica (sadomasoquista) de la mirada entre el sujeto y el objeto, entre el mirar y el ser mirado. En la superación de esta escisión se encuentra la posibilidad de fundar una manera de mirar más involucrada en el mundo y no tan pasiva. Un mirar que ahora se expresaría mejor con el término regard, que incluye también el cuidar, y que en lugar de colocar al otro a distancia permitiendo mirar las injusticias con los ojos abiertos sin que nos afecten, nos permita actuar y ver de una manera más humana. En lugar de unos ojos duros y secos que permanezcan impertérritos ante el sufrimiento y el dolor de los demás, unos ojos húmedos que parpadeen invitando a preguntarnos por el otro, que reciban imágenes injustas y se vean afectados por ellas. Es quizás en ese intervalo de la duración del parpadeo del que hablaba Jacques Derrida donde se encuentra la oportunidad de nuevas miradas que nos acogen, al fin, sin matar y sin asfixiar, y nuevas formas de nombrar un nosotros que vayan más allá de los opresivos vínculos familiares y de los ligeros contactos virtuales.

1 comentario :

Anónimo dijo...

Ahora sí puedo leer esta reseña comprendiéndola en toda su profundidad. Agradezco haber encontrado a Remedios, que me está enseñando tanto últimamente, y a ti, para aprender también a verla a través de tus palabras. [Marta]