jueves, 5 de mayo de 2016

La (im)posibilidad de la cultura


Desde algunos sectores conservadores siempre se habla de la cultura en forma de lamento, como si esta fuese ya cosa del pasado. Y eso que nadie duda que el nivel cultural medio de la gente sea bastante superior con respecto a otras épocas. La cultura, señalan los apocalípticos, necesitaría de unos principios y un diseño que son incompatibles con el orden social existente que la obliga a emplear las lógicas del mercado para poder competir. Lo que significaría que la cultura dependería de los gustos populares y de las decisiones mayoritarias.[1] Y tiene que ser así porque lo prioritario en nuestra sociedad es la libertad de los individuos para decidir. Fundamento mismo no solo de la democracia sino de la sociedad de consumo, esta libertad es libertad de gustos, estilos y visiones; es la libertad de lo mismo de la que hablaban Adorno y Horkheimer: tolerada siempre y cuando coincida con lo mayoritario.[2] La cultura convertida en un sucedáneo fácilmente consumible para las masas; una mercancía entretenida y divertida que no necesitaría ningún esfuerzo; que «en vez de promover al individuo, lo aborrega, privándolo de lucidez y libre albedrío, y lo hace reaccionar ante la cultura imperante de manera condicionada y gregaria, como los perros de Pavlov ante la campanita que anuncia la comida.»[3] Pero la crítica del escritor Mario Vargas Llosa a la banalización, la frivolidad y la superficialidad de la cultura en nuestra debordiana sociedad del espectáculo ha devenido parte misma del espectáculo, como todos hemos podido comprobar gracias a las portadas de Hola. El malestar de la cultura detectado por Sigmund Freud ha creado su propia cultura del malestar porque las críticas al sistema casi siempre reproducen su misma lógica, incluso en su inversión.

Los apocalípticos, decía Eco, siempre han sobrevivido así: denunciando la decadencia, la mercantilización o la muerte de la cultura al mismo tiempo que nos permitirían creer en una comunidad de hombres que todavía son capaces de elevarse por encima de la banalidad. Síntoma claro de una nostalgia aristocrática por una época pasada en donde la cultura era una cosa valiosa al alcance de unos pocos privilegiados. Pensemos en Marc Fumaroli, otro liberal elitista, y su denuncia del Estado Cultural francés que acabaría convirtiendo la cultura en una palabra-percha o en una palabra-pantalla útil para promocionar todo tipo de actividades banales, comerciales, propagandísticas y clientelares.[4] La democratización cultural y su comercialización transformarían a la cultura en distracción y ocio destinado a las masas y el turismo. Liberada de todas las ideas de concentración, recogimiento, silencio y aprendizaje, la cultura no podría funcionar como contrapeso del mercado. El derecho a la cultura de las masas no sería otra cosa que derecho al mercado. Y la continua producción cultural de todo tipo, con la que se intenta abastecer las necesidades creadas a una sociedad de bulímicos culturales, funcionaría como un método paralizante en el que prima la cantidad por encima de la calidad. Este consumo vertiginoso e incesante haría imposible mantener nuestra capacidad de atención en lo que verdaderamente importa. Por eso los apocalípticos dicen que vivimos ensimismados y hemos abandonado la cultura a su suerte, que ahora viviría bajo la forma de la estupidez.[5] Una estupidez que, por otra parte, sería una estrategia calculada que ayudaría a la perpetuación del gran fraude del Arte: «En un mundo en el que la atención está siendo constantemente secuestrada por la más variada gama de estímulos y sugestiones de todo tipo, la estupidez puede convertirse en una de las formas más eficaces a través de las cuales el arte se mantiene como refugio metafísico.»[6]

Este espiritualismo que todavía conserva la cultura y el arte, a pesar de su estupidez, siempre se ha caracterizado por definirlo en función de ideas ontológicas (creación, espíritu, hombre…) con la intención de subrayar su naturaleza poética. La cultura sería la expresión de los valores humanos y la realidad que nos engloba a todos y nos eleva por encima de la Naturaleza.[7] Pero desde hace tiempo, la idea de cultura se aplica a cualquier tipo de contenidos y acciones que buscan justificarse apropiándose de su prestigio. La cultura se ha acabado convirtiendo en un pretexto para el progreso sociopolítico y el crecimiento económico.[8] El valor de uso de la cultura es hoy más que nunca valor de cambio. De manera que la cultura habría dejado de ser una mercancía paradójica que por estar tan sujeta a la ley del intercambio ya no se intercambia. Los integrados liberales afirman que esta no sería diferente a cualquier otro producto: compite como los demás por el tiempo, el interés y el dinero de los consumidores, por eso debe emplear estrategias de marketing para diferenciarse y atraer a su público. Es evidente que la influencia privada y empresarial en la cultura y en el arte cada vez es mayor. Justificada por una crisis económica que ha reducido considerablemente las ayudas públicas y las subvenciones, la supervivencia de la cultura parece depender de los patrocinios y los mecenazgos privados. Las instituciones culturales y los museos, estandartes en otro tiempo de los santos valores humanistas, se pliegan a las estrategias empresariales. Y las empresas aprovechan, cuando no absorben, sus antiguos valores paras sus fines y propósitos comerciales. En el nuevo tablero de juego toda cooperación público-privada es bienvenida: cualquier donación (pseudo)filantrópica, digna de alabanza, y los patrocinios, una muestra de éxito. Al final, cada uno utiliza al otro para su propio beneficio: la cultura coge el dinero y la empresa visibilidad e imagen. No debemos preocuparnos, dicen los realistas: la cultura y la economía ya no serían campos enfrentados. El capitalismo artístico habría producido un solapamiento de estos ámbitos que antes se mantenían alejados y opuestos: el ocio y la cultura; la cultura de masas y la alta cultura.[9] La cultura ya no serviría a grandes ideales espirituales sino que se dirigiría a la búsqueda del éxito, el placer, la satisfacción. La lógica del hiperspectáculo y la diversión se infiltrarían en todos los espacios de nuestra vida, pero estas ya no tendrían que ver con la pasividad y la alienación sino con la creatividad, la diversidad y el aprendizaje. Esta trivialización e intrascendentalidad de la cultura se celebran como signos de su definitiva democratización y no como muestra de su decadencia. La cultura habría dejado de ser ese dispositivo formativo del individuo porque ya no se definiría por la tradición sino como «un área de libertad que protege a cada grupo de individuos y posee la capacidad de producir y defender su individuación.» Ahora la cultura miraría más hacia el presente y menos hacia el pasado: «Menos hacia la conservación garantizada de los patrimonios y los saberes acumulados a lo largo del tiempo de la historia y más hacia la gestión heurística de un nuevo conocimiento.»[10]

Entre el elitismo decadente que intenta entender la cultura del presente en función de un modelo humanista de ayer, y el cálido entusiasmo de aquellos que reciben encantados todos los cambios sin ninguna conciencia crítica, quizás deberíamos ir más allá de la cultura para poner en cuestión la idea misma que unos y otros quieren que tengamos de ella. La cultura como aquello que, a pesar de todo, debemos defender de manera incondicional genera debates entre partidarios de la cultura de masas y sus detractores, entre los entusiastas del arte contemporáneo y los defensores del Gran Arte… Pero estas divisiones, como decía Brossat, han convertido a la cultura en un cajón de sastre universal, «una superficie de inscripción ilimitada para todas las bajas pasiones que flotan en la atmósfera de nuestra sociedad.»[11]Esta capacidad de aglomeración de lo heterogéneo y lo diverso que tiene la palabra es uno de los signos de la saturación cultural en la que vivimos. El gran hartazgo cultural del que habla el filósofo francés nace de esa proliferación incesante de cultura en todos los ámbitos de la sociedad que no tiene la capacidad política para transformarla. La cultura se habría convertido en un mecanismo aglomerante y anestésico destinado a impedir cambios y reactivar fisuras, «en un líquido sellador que tiende a tapar brechas, desempeñando un papel irremplazable de relleno.» Para sacar a la cultura de su pegajosa condición de dispositivo biopolítico y totalizador de nuestra sociedad habría que intentar desapropiarla, «arrancándola de los lugares comunes que la aíslan, la codifican y la neutralizan, para implicarla de lleno en la realidad en la que está inscrita.»[12] Esta desapropiación que propone Marina Garcés sería un movimiento (heideggeriano) encaminado a devolver a la cultura su valor y así poder hacer de ella «esa diferencia de lo que mejor» que debería tomar partido contra la mediocridad imperante de la masa distinguida, [13] ahora conocida como nichos.




[1] Santiago González-Varas: La imposibilidad de la cultura. Madrid: Editorial Manuscritos, 2015, pp. 8-9.
[2] Cfr. Max Horkheimer y Theodor W. Adorno: “La industria cultural. Ilustración como engaño” en Dialéctica de la ilustración. Fragmentos Filosóficos. Madrid: Trotta, 1998.
[3] Mario Vargas Llosa: La civilización del espectáculo. Madrid: Santillana, 2012, pp. 28-29.
[4] Marc Fumaroli: El Estado cultural: Ensayo sobre una religión moderna. Barcelona: Acantilado, 2007.
[5] Luis Sáez Rueda: El ocaso de occidente. Barcelona: Herder, 2015, p. 264
[6] Manuel Ruiz Zamora: Escritos sobre Post-Arte: Muerte del arte en la cultura. Salamanca: Universidad de Salamanca, p. 118.
[7] Cfr. Gustavo Bueno: El mito de la cultura. Ensayo de una filosofía materialista de la cultura. Oviedo: Pentalfa Ediciones, 2012.
[8] George Yúdice: El recurso de la cultura. Barcelona: Ed. Gedisa, 2008.
[9] Cfr. Gilles Lipovetsky y Jean Serroy: La estetización del mundo: Vivir en la época del capitalismo artístico. Barcelona: Anagrama, 2015.
[10] José Luis Brea: Cultura_RAM: mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica. Barcelona: Ed. Gedisa, 2007.
[11] Alain Brossat: El gran hartazgo cultural. Madrid: Ediciones Dado, 2016, p. 121.
[12] Marina Garcés: “Desapropiar la cultura”, en Un mundo común. Barcelona: Bellaterra, 2013.
[13] Peter Sloterdijk: El desprecio de las masas: Ensayo sobre las luchas culturales en la sociedad moderna. Valencia: Pre-textos, 2002, p. 99.

1 comentario :

Tomás dijo...

Buenos días a todos y muchas gracias por compartir tanto sobre cultura. Para los que estamos dando los primeros pasos, este tipo de recursos nos ayuda mucho a aprender y mejorar. Les comento que hace un tiempo hice un curso y empecé a producir mis propios diseños. Estaría bárbaro que nos recomienden también otros sitios en donde salir a vender el diseño que producimos. Gracias y saludos desde Temperley, Buenos Aires