martes, 1 de marzo de 2016

La sociedad del hiperespectáculo


En la foto de Mark Zuckerberg entrando el auditorio del Mobile World Congress de Barcelona, mientras 5000 asistentes están sentados en sus asientos con unas protésicas nuevas gafas de realidad virtual, se condensa ese imaginario de fascismo o totalitarismo virtual que a través de la ciencia ficción distópica y las fobias tecnológicas ha ido calando en la sociedad. La estetizada y casi teatrealizada homogeneidad del público transmite esa misma sensación de “alucinación consensuada” que tenían los congresos del partido nazi en Nuremberg. El éxito de la viralidad de la fotografía está en que pondría al descubierto aquello que por su evidencia suele pasarnos desapercibido: el dominio totalitario de la tecnología que subordina al ser humano gracias a su aparente neutralidad.

En esta imagen resonaba la famosa fotografía de J. R. Eyerman para la revista Time. La foto fue tomada durante la premiere de la película en 3D Bwana Devil (1952), de Arch Oboler, en el Teatro Paramount de Los Ángeles el 26 de noviembre de 1952. En ese momento, el público también llevaba puestas unas gafas para poder disfrutar de las “nuevas” sensaciones inmersivas de la Natural Vision. A pesar del éxito del estreno, la falsa novedad de la visión estereoscópica con la que Hollywood intentaba combatir la fuerte caída de asistencia de público a las salas, no se consolidaría. Sin embargo, la imagen reflejaba a la perfección alguna de las características de la sala de cine: la oscuridad, la inmovilidad, el silencio y esa anónima adherencia que para Sartre eliminaba las distinciones sociales. Durante años, para muchos espectadores, parte del ritual de asistir a la sala del cine como si fuese "una cita a ciegas" ha estado vinculada a estas condiciones y restricciones, pero también a la anónima complicidad, política y erótica, que se genera al compartir las ficciones sentados entre extraños.

La foto de Eyerman sería la portada de casi todas las ediciones de La sociedad del espectáculo (1967) de Guy Debord, y aquel público que disfrutaba absorto, abstraído e indiferenciado en la homogeneidad de la sala cine cine se convertiría en el símbolo de la ciega alienación que generaba el espectáculo a través de una visualidad impositiva, e incómoda, que prometía el sueño de un cine total. Esa masa que ocultaba sus rasgos individuales debajo de un antifaz que prometía una imagen inmersiva hacía literal aquella impresión poco entusiasta que Kafka tenía del cine: «el cine supone ponerle un uniforme a un ojo que hasta entonces había ido desnudo». La realidad virtual sería el resultado de esa imagen ilusionista que, desde mucho antes de 1952, había intentado eliminar la distancia entre sujeto y objeto. Como explicaba Lev Manovich, en la realidad virtual «la clásica convención del encuadre desaparece y el espacio que antes estaba confinado a una pantalla de cine o a un cuadro ahora abarca por completo el espacio real»[1].

Los distópicos y tecnofóbicos creen que, como consecuencia de esto, el espectador como sujeto de mediación y la distancia necesaria de la ficción desaparecen, lo real se vuelve hiperreal (Baudrillard) y el espectáculo ya no es engaño sino una visión objetivada del mundo (Debord). Con la realidad virtual se eliminarían los últimos restos de individualidad subjetiva del espectador, convertido ahora en un objeto paciente y absorto que no sería más que una pieza en un hiperespectáculo en el que todos somos idénticos y reemplazables. Pero si la masa digital, o el enjambre (Byung-chul Han), está tan prisionera y aislada como parece en la imagen viral del congreso de Barcelona, quizá tenga que ver con que seguimos manteniendo la contraposición idealista entre lo real y lo virtual. Y es que todavía hoy tenemos que integrar y superar las escisiones entre lo sensible y lo suprasensible [2], y ver en la tecnología una posibilidad del hombre y no al revés. La tecnología, como decía Ortega en su célebre Meditación, es creación, creación de un mundo nuevo a partir del anterior mundo dado que expresaría la condición de lo que somos: posibilidad de ser. Por desgracia, en demasiadas ocasiones, toda esta imaginación y creación de la tecnología se reducen a la incesante fabricación de cachivaches y novedades que inciten los deseos del consumidor geek.

[1]  Lev Manovich: El lenguaje de los nuevos medios de comunicación. La imagen en la era digital, Barcelona: Paidós, 2005, p. 159.
[2] José Luis Molinuevo: Humanismo y nuevas tecnologías, Madrid: Alianza, 2004, pp. 223-227.

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