jueves, 17 de marzo de 2016

El fuego de la visión, de Marina Núñez



La visón debe ser visión y no mirada,
luz sensible, punción, llama sin leño,
creación de un ojo, no su vástago.

 Roberto Juarroz


El fuego de la visión es el sugerente título de la exposición de Marina Núñez comisariada por José Jiménez en la Sala Alcalá 31 de Madrid del 17 de diciembre al 27 de marzo de 2016. No es baladí que se aluda a visión y no a la mirada cuando el motivo del ojo resulta tan central en las casi 53 obras que se exponen en distintos formatos; porque lo que propone la artista multidisciplinar es una crítica a la mirada en una época en donde los ojos, como señala Remedios Zafra en Ojos y Capital, se han transmutado en la nueva moneda a través de la visualidad contabilizada y rentabilizada que gobierna la red. Hay por tanto una crítica al (falog)oculacentrismo en los ojos que pueblan la exposición y una herencia surrealista que nos alienta a reconfigurar lo subjetivo y lo objetivo, lo activo y lo pasivo,  y que nos remite a la vivencia de lo siniestro en alguna de sus servilletas de lino de 1994. Como en el vídeo de Huida (2006), Marina Núñez nos anima a escapar de esa mirada inquisitiva y dominante que persigue a una mujer por un oscuro y gótico paisaje de árboles esqueléticos. Las otras obras en vídeo en las que vemos múltiples ojos que se repliegan hacia el interior hasta petrificarse, la mirada que parece desintegrarse en busca de una embrionaria (Desintegración, 2011) o los múltiples ojos que emergen y nacen dentro de uno solo (Multiplicidad, 2006) apuntarían a la necesidad de renovar nuestra mirada hacia una visión alejada de la representación dominante: no otra mirada sino una mirada otra.

Desintegración (2011) 
Saturados de imágenes, necesitamos (re)aprender a mirar de otra manera sin dejar de ver porque esta aparece sobrecargada por las imágenes y limitada por el poder. Como señalaba Marina Garcés, tenemos que dejar que nuestros ojos maltratados por el imperio visual se reimplanten en el cuerpo, asumiendo todas las consecuencias de esta decisión. A esto parecen apuntar las infografías de las cabezas posthumanas repletas de ojos en su interior de Sin título (ciencia ficción) (2006): a una forma de visión que no acepta la realidad en la que nos encierra la mirada convencional; una visión que haga surgir otro tipo de subjetividad y de sensibilidad. En esta concepción dualística entre la visión y la mirada hay sin duda una influencia romántica que no le es ajena a Marina Núñez, y que en la exposición aparece representada en ese imaginario posthumano y ciberpunk de las ciudades en ruinas, los ángeles caídos y los ciborgs en el que ha trabajado los últimos años en diferentes formatos e instalaciones. En estas figuras híbridas y monstruosas se refleja la doble cara de lo humano, lo oscuro y lo extraordinario; aunque la artista les otorga el mismo tratamiento ético y político que a las otras figuras de exclusión que han sido recurrentes también en su obra, las locas y las histéricas, objeto de variadas y efusivas interpretaciones feministas.

Ángel Caído (2008) 

La referencia a Donna Haraway y a su Manifiesto se ha convertido en un cliché hermenéutico a la hora de abordar el posthumanismo en la obra de Marina Núñez. En una época en la que nos replanteamos qué es ser humano, estos discursos con cierto aroma fin de siècle, que se han vuelto muy populares gracias al cine y la literatura de ciencia ficción, han aparecido encarnados en la figura del ciborg. Esta criatura orgánica y tecnológica es una especie de moderno Prometeo, un hijo de Frankenstein que a pesar de su abatimiento podría desbaratar las posiciones hegemónicas (edípicas) y las dicotomías binarias de la naturaleza. Las grietas visuales que se abren en diferentes partes de la exposición podrían ser la imagen de la herida de ese sujeto en crisis y escindido de sí mismo porque no puede concebirse a imagen y semejanza de su creador, es decir, el fundamento trágico de nuestra existencia; pero también un espacio de posibilidad, una fractura en la realidad que nos permitiría captar esa red de miradas que se encuentra más allá y que configura el mundo formando una especie  de Organismo (2011) en una de las obras en vídeo.


 Organismo (2011)

Ahora que, gracias a todos los dispositivos tecnológicos, ya somos (psicológicamente) posthumanos parece que nuestras expectativas se han cumplido solo parcialmente: las nuevas prótesis para la mirada nos convierten en una suerte de zombis que obnubilados por la tecnología se han quedado ciegos de tanto mirar. Pero la mirada melancólica y frágil del ciborg quizás siga conteniendo la posibilidad de una subjetividad no lineal, la alternativa otredad y no la construcción de ese otro de lo mismo que siempre es lo mayoritario. Contra esa mirada hegemónica que nos aísla y no nos deja ver, Núñez contrapone la intensidad de la visión que contenga la plenitud del fuego y la locura ver de la que hablaba Blanchot, o como apunta el fragmento de Juarroz: una mirada que sea visión, «luz sensible, punción, llama sin leño, creación de un ojo, no su vástago.»

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