jueves, 18 de febrero de 2016

¿Qué puede un funcionario?





Como hubiese dicho Spinoza, no sabemos qué puede un funcionario público, de lo que es capaz, porque, como el propio cuerpo, este siempre puede superar el conocimiento que tenemos de él. Al menos no lo supimos hasta que la semana pasada medios nacionales e internacionales se hiciesen eco del sorprendente caso de un funcionario de Cádiz que se ausentó de su puesto de trabajo durante 6 años, algunos dicen 14, y que había sido multado con 30.000 euros por un juez por no realizar tarea alguna ni acudir a su lugar de trabajo y seguir cobrando durante ese dilatado periodo de tiempo. Como no podía ser de otra manera, para los sectores liberales el comportamiento individual de este hombre reflejaría la esencia del funcionariado público: unos caraduras que cobran por no dar palo al agua. Para otros, el perpetuo ausentismo laboral de este funcionario incurriría en uno de los peores pecados que se pueden llegar a cometer, con el agravante moral que tiene realizarlo en un país con cinco millones de parados: el desprecio por el trabajo. La primera opinión vería en este suceso la confirmación de la creencia ideológica del funcionario como trabajador vago y poco productivo, utilizado por Forges en multitud de memorables viñetas. La segunda opinión, igual de generalizada, reflejaría a la perfección cómo la ética protestante forma parte de nuestra concepción y valoración del trabajo. Esta, entre otras cosas, exige dedicación absoluta y abnegación sin tener en cuenta la naturaleza del mismo: nadie debe quejarse si tiene trabajo porque la remuneración en la vida requiere sufrimiento y sacrificio. Por esta razón, la desvergonzada actitud de este funcionario público me recuerda en algo a la del famoso personaje de Oblómov (1859) de la novela de Ivan Goncharov: su vagancia y jeta extremas muestran un total desprecio y aversión a esa ética del trabajo que nos intenta convencer que los sufrimientos y los castigos nos darán el pasaporte a la vida eterna. Pero esta casi obligada creencia pública contrasta con el sentimiento de desprecio y de insatisfacción que individualmente la mayoría de la población sentimos por el trabajo que realizamos. Criticamos públicamente la actitud del funcionario pero en el fondo, secretamente, admiramos su desvergüenza y su gandulería: ¡quién pudiese, 6 años cobrando sin ir un solo día a trabajar! Y lo admiramos porque todos sabemos que el trabajo es la fuente de todas nuestras miserias (bajos salarios, precariedad, ausencia de tiempo libre…) y de todos nuestros males (estrés, depresión…). Aunque Heródoto escribió que una de las virtudes de los griegos era su desprecio por el trabajo, tampoco se trata de mitificar como rebelde la actitud antitrabajo; como bien señaló Bob Black, el rechazo al trabajo y el pasotismo son parte integral de «esa actitud moderna que se alimenta de la oposición al aburrimiento por parte del asalariado.» 





Pero este funcionario entrenado en el difícil arte de (no) dar palo al agua, seguramente acabó descubriendo que el aburrimiento es el temple de ánimo fundamental, aquel que para Heidegger nos conducía al descubrimiento del sentido del ser y del tiempo, y que para Kierkegaard era un estado capaz de ponernos en movimiento, físico y vital. Como si en España la filosofía no estuviese en horas bajas sino que se encontrase en las horas muertas, este funcionario en lugar matar todo su (aburrido) tiempo libre, más propio de un jubilado que de un trabajador, con algún hobby— esa parodia de la libertad en forma de dispersión institucionalizada, para Adorno—, decidió llenarlo estudiando en profundidad la filosofía de ese judío heterodoxo de padres portugueses o españoles que ha pasado a la Historia por su supuesto racionalismo y su oposición cartesiana a la separación entre cuerpo y alma, extensión y pensamiento: Baruch Spinoza (1632-1677). Y que para Gilles Deleuze fue el filósofo más digno y el más injustamente odiado e injuriado; cuyos libros conservan todavía toda la carga explosiva de su radical empresa de desengaño en la que denunciaba la falsificación de la vida y las pasiones tristes; ese que en su (neo)estoicismo buscaba la alegría del ser humano pero que sabía que la felicidad no era posible sin el reconocimiento de su limitación; el pobre pulidor de lentes que en su póstuma Ética sustituyó la moral por la inmanencia, los afectos y la etiología… No sabemos realmente qué encontró este funcionario e ingeniero en la obra de Spinoza para dedicarle tantas horas y días de estudio. Pero como sugerencia, quizás nos sirva de algo recordar lo que Goethe contaba en sus estupendas memorias, Poesía y verdad: «pues ocurrió que, después de haber recorrido en vano todas las fuentes posibles de ilustración, tropecé finalmente con la Ética de este hombre (Spinoza). No podía explicar claramente lo que había sacado de la lectura de esta obra y las cosas que me había sugerido; pero el hecho es que hallé en ella un aniquilamiento de mis turbulencias y se abrió para mí un amplio horizonte en el mundo sensible y moral.» O puede que, como El hombre de Kiev de Bernard Malamud, este funcionario mientras leía a Spinoza se sintiese como un hombre libre que cabalgaba sobre «la escoba de una bruja» empujado por una ráfaga de viento. Sea la razón que sea, nadie sabe qué puede un funcionario con tanto tiempo libre, de lo que es capaz cuando se entrega a la ociosidad sin ningún tipo de remordimiento moral.