domingo, 6 de diciembre de 2015

¿No future?




La parálisis temporal que vivimos nos impide proyectarnos en un porvenir o imaginar otro futuro. La idea de futuro que había sido central en todas las ideologías del siglo XX aparecía entremezclada con la utopía. Pero las esperanzas utópicas se han ido desvaneciendo a medida de que muchas de ellas han ido realizando. Aquel grito punk de no future al final de los años 70 fue algo más que una profecía en forma de protesta: hoy se ha convertido en el eslogan mudo que expresa parte de nuestro malestar en tono de resignación. Y es que la llama del futuro como mitología cultural al servicio del progreso económico del capitalismo y del conocimiento poco a poco se ha ido apagando. Hemos dejado de creer que nuestro porvenir será mejor que nuestro presente. El futuro ha dejado de brillar como aquel lugar en el que proyectábamos nuestras esperanzas (utópicas) por una vida mejor. La idea de futuro se ha convertido en su opuesto: la positividad en negatividad y las promesas en peligros. Hemos perdido la esperanza en el futuro porque ya no aparece como una elección o fruto de las acciones colectivas, «sino como una catástrofe inevitable a la que no podemos oponernos.»[1] 

En la actualidad, el único futuro que existe es el que aparece bajo las formas de la especulación, el beneficio y la deuda perpetua. Las tres formas financieras culpables de que nuestro porvenir aparezca en la más absoluta ruina. Y es que si no somos capaces de imaginar una alternativa a nuestra situación, quizás se deba a que vivimos en la mierda: «es decir, en el estado de flujo indiferenciado y decodificado del que cada uno debe obtener su ganancia bajo un modo privado y culpabilizado» (Guattari dixit). Porque ya vivimos en un mundo (de) desecho hemos dejado de creer en cualquier forma de escatología religiosa, política u utópica; porque hemos visto que todas acaban en la mierda hemos dejado de creer en cualquier forma de salvación futura. Por eso el espíritu de nuestra sociedad no es tan diferente de aquel paciente paranoide de Eugene Minkowksi: la inminencia catastrófica que experimentamos se funda en la imposibilidad de concebir algo distinto porque sabemos que estamos rodeamos de inmundicia. Como él, tenemos la certeza de que estamos condenados y que por más que miremos a otro lado nos acabaremos tragando todos los desechos del mundo, toda la mierda que hemos creado. Y quizás en eso consista el apocalipsis: en desvelar los malos olores que estaban enmascarados tras una estética kitsch, en revelar que el ser humano lleva décadas de indigesta coprofagia cultural, en mostrar el estercolero sobre el que habitamos… 

Ante este sombrío panorama, las reivindicaciones y protestas primitivistas, luditas o thoreaunianas no sirven de nada. La nostalgia de la izquierda no puede ser nuestra respuesta a los desafíos de nuestro presente (distópico). Si nuestro futuro ha sido secuestrado es más necesario que nunca que luchemos por recuperarlo. Cualquier forma de pensamiento político que se precie no existe sin la esperanza por un futuro diferente. Tenemos que apropiarnos de nuevo de los impulsos utópicos para movilizar una crítica a nuestro presente e imaginar todos juntos un nuevo futuro. Pero debemos ser prudentes e ir con cuidado si no queremos caer en los peligros del futurismo: esa inclinación a anticipar como real lo deseado o soñado sin permitir que nuestros proyectos arraiguen con firmeza en nuestro presente.

La utopía es tanto una negación de nuestro presente como una afirmación del futuro. El pensamiento utópico reconoce que el futuro es algo abierto todavía. Lo que nos parece imposible hoy puede suceder mañana. No se trata de crear modelos ideales y perfectos sino de buscar soluciones a nuestros problemas, eliminando nuestro sentimiento de resignación al cambiar la apariencia del presente como algo inevitable, iluminando aspectos de la realidad que pasaban desapercibidos o planteando preguntas que estaban excluidas. Una de sus mejores facultades tiene que ver con su capacidad para modular, formar o educar nuestras aspiraciones y deseos. Liberándolos de los estrechos límites de lo razonable y lo posible, la utopía abre un espacio para la esperanza capaz de encauzar y movilizar nuestras actuaciones para intentar cambiar nuestro rumbo, rescatando nuestra ambición que estaba sepultada con todos esos futuros que perdimos porque dejamos de creer en ellos.


[1] Berardi, Franco, After the future, Edinburgh: AK Press, 2011, p. 138 

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