lunes, 7 de diciembre de 2015

El fin de la utopía digital (de la cultura)



No hace falta haber leído a Evgeny Morozov (El desengaño de internet: Los mitos de la libertad en la red) ni a Robert Levine (Parásitos: Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura) ni a Cesar Rendueles (Sociofobía: el cambio político en la era de la utopía de internet) ni al mediocre Byung-Chul Han (El enjambre) para percatarse de que en el año 2015 internet ha dejado atrás su inocencia. Por una parte, puede que esta no haya sido más que una impostación de neutralidad que respondía a oscuros intereses, como se encargó de recordarnos Thomas Pynchon en Al Límite«Fue concebido en pecado, en el peor pecado posible. Ha ido creciendo, pero nunca se ha desprendido del gélido deseo de muerte para el planeta que anida en su corazón […] Llámalo libertad, pero está basado en el control. Todo el mundo conectado y todos juntos. Ya es imposible que nadie se pierda jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles, y tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar.»[1] 

La estupenda novela del conspiranóico genio nortemericano trataba sobre el final del sueño de las utopías digitales. La trama de Al límite reflejaba una mundo de ruinas cibernéticas y tecnológicas después del fracaso de las punto.com. La crisis de la cibercultura apareció justo después de la caída de las torres del World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Ha pasado ya mucho tiempo desde el atentado, pero aquel acontecimiento marcó un punto y aparte en el feliz mundo virtual, como si el desplome arquitectónico de las torres hubiese supuesto también el fin de la revolución digital, de la misma forma que la caída del Muro de Berlín pondría punto y final al comunismo[2]. Sin embargo la distopía cibernética que vivimos no es fruto tanto del fracaso de las viejas utopías como su cumplimiento. Estas siempre han funcionado como una especie de autocrítica de la modernidad idealista que pondría de manifiesto el coste que tiene para la sociedad la realización de esos ideales. La libertad sin límites que prometía internet en sus inicios se ha acabado revelando como la forma de control más perfecta jamás creada. Los usuarios de la red participan por propia voluntad en un panóptico digital donde ya nadie coacciona o prohíbe. Por eso la censura hoy se ejerce al revés: no prohibiendo que los sujetos expresen o comuniquen sus ideas libremente sino obligándoles a que las manifiesten, a que las hagan públicas continuamente a través de la red. De esta forma todos nuestros pensamientos y acciones quedan registradas, todos nuestros gustos se vuelven cuantificables, y el Big Data, como si fuese una especie de ente demiúrgico, puede hacer visibles nuestros modelos de comportamiento para después comerciar con ellos a las grandes empresas. La vigilancia en Internet no es algo externo a la propia web y tampoco tiene que ver con la disciplina clásica sino con la monetarización de la hermenéutica.[3] En la actualidad, la hermenéutica clásica se utiliza como medio de explotación económica de los individuos que están en la red. El sujeto ya no está escondido detrás de su obra o trabajo porque con cada movimiento o acción que realizamos en el mundo digital hacemos visibles nuestros intereses, necesidades y deseos. Esta especie de plusvalía que producimos con nuestros clics es el valor hermenéutico con el que trafican las grandes corporaciones. Ya nadie duda de que las estadísticas generadas a partir de nuestra huella digital se han convertido en una poderosa herramienta biopolítica.

Es evidente que se está creando una especie de nueva Mathesis Universalis con la que se intenta reglamentar y objetivar el mundo, convirtiendo a cada persona en datos extrapolables a una media. En el ámbito cultural esta obsesión por lo numérico intenta primar solo lo objetivable y lo visible. El ver (y el ser visto) se ha convertido en la nueva moneda, en el nuevo modo de rentabilización cultural de la red. El valor de ‘la cosa’ lo marca el número de visitas y de visualizaciones. El carácter cuantitativo es el elemento que se tiene en cuenta en el filtrado de información a través del buscador. Lo «cuantificado favorece un posicionamiento previo que opera como hándicap para mantener el poder y engordar lo que ya es muy visto.»[4] La libertad de acceso y el horizontalismo de la red han devenido en una perversa olocracia donde la abundancia infinita de contenidos crea no solo zonas de exclusión sino una nueva forma de censura. Esta funcionaría por el exceso de oferta y a través de una oculta curadoría que privilegia lo más visto gracias a algoritmos que parecen haber sido diseñados por matemáticos expertos en marketing.

La hegemonía cultural ya no es impuesta ni por los expertos ni por el Estado ni por el mercado sino por los buscadores de Internet. Google se ha convertido en una especie de Ministerio de Cultura Global que ha hecho realidad el sueño de Andrè Marlraux: cultura para todos. Esta democratización cultural digital ha promovido una sociedad de bulímicos y obesos culturales que se amparan en su derecho a consumir productos culturales de manera inmediata y gratuita. La proliferación y fabricación incesante de contenidos culturales para satisfacer y calmar las ansias de un público crónicamente insatisfecho nos ha conducido a un consumo vertiginoso y a una creación compulsiva que dispersa nuestra atención de lo verdaderamente importante. Pero también ha favorecido el reforzamiento de una cultura mainstream global y nacional porque se crea en función de los pueblos y las naciones.[5] La cultura se convierte en soft power y la diversidad cultural en ideología de mercado con productos culturales que se vuelven diversamente homogéneos. Al contrario de lo que todos esperábamos, Internet ha favorecido una cultura mainstream que vende una falsa variedad. El público no elige lo minoritario sino los productos de nicho que más se acercan a sus gustos estandarizados que los conectan con lo colectivo. Internet y el mainstream han acabado participando del mismo movimiento de difuminación de las fronteras y la globalización de los contenidos para todo el mundo. 

La cultura digital no solo ha fomentado una recepción epidérmica asociada a una forma de matar el tiempo sin ningún esfuerzo, sino que, por un lado, después de acabar con la figura del mediador, ha promovido una cultura de los proxies­ basada en recomendaciones, puntaciones, comentarios y likes como indicadores fiables de la calidad; y por otro, la ha reducido a mera condición informacional favorecida por la condición postmaterialista. La definitiva extinción de los soportes físicos ha generado una crisis monumental en las industrias y en las instituciones que todavía no han encontrado una solución. Las alternativas planteadas a lo largo de los últimos años han acabado aceptando la circulación, la difusión y la visibilidad como una forma de pago inmaterial que genera una nueva forma de precariedad laboral bajo la esperanza futura de cobro. La liberalización cultural digital ha sido fantástica para todo tipo de diletantes y amateuristas pero no para personas que quieran vivir de comercializar sus obras.[6] Por eso hemos empezado a dejar de creer que la red permitiría un modelo de acceso más democrático no basado en la transmisión de objetos sino en la regulación de los derechos de acceso. Un modelo económico que no estuviese basado en una concepción comercial y mercantil de la cultura y el arte sino en la difusión social.


[1] Thomas Pynchon: Al límite, Barcelona: Anagrama, 2014, p. 442. 
[2] Véase, José Luis Molinuevo: La vida en tiempo real. Las crisis de las utopías digitales, Madrid, Biblioteca Nueva, 2006, 
[3] Boris Groys: Los trabajadores del arte, entre la utopía y el archivo” en Volverse público: Las transformaciones en el ágora contemporánea (pp. 133-148), Buenos Aires: Caja Negra, 2014, p. 135. 
[4]  Remedios Zafra: Ojos y capital, Bilbao: Consonni, 2015, p. 25. 
[5] Frédéric Marel: Cultura Mainsteam: cómo nacen los fenómenos de masas, Madrid: Santillana, 2012, p. 442. 
[6] David García Aristegui: ¿Por qué Marx no habló de copyright? La propiedad intelectual y sus revoluciones, Madrid: Enclave de libros, 2014, p. 200.