sábado, 12 de diciembre de 2015

El fin de la utopía amorosa



«Pensó que el amor, como los árboles, necesita cuidados. 
No entendía entonces por qué cuanto más fuerte y
robusto crecía el álamo que tenía en sus 70.5 acres, 
más se venía abajo su matrimonio»

Agustín Fernández Mallo, Nocilla Dream


Decía Eloy Fernández Porta que el amor siempre ha sido un discurso posmoderno, avanzado: «presupuestos más relevantes que el texto mismo, enunciados subvertidos, signos revertidos y sobre todo el procesamiento y aceptación intuitivos de esas complejas operaciones por parte de dos sujetos que son hermeneutas en el mar de los signos, emisores y descodificadores de signos flotantes». A pesar de su proliferación y abuso el amor está cargado de ambigüedad. Por más que uno intente definir o acotar el término siempre parece que no ha sido lo suficientemente preciso, que se le ha escapado parte de la sustancia que lo forma o que ha dejado al margen matices importantes. Esta volatilidad e indeterminación forma parte de su misterio y de su encanto. Pensemos lo que pensemos, está claro, que el amor, como escribía Rilke, es cosa difícil. 

Todas nuestras esperanzas amorosas están mediatizadas por distintas representaciones artísticas y performadas por diferentes discursos. Sin embargo, somos tan idiotas que creemos que nuestros sentimientos son originales y auténticos. Fue Roland Barthes, en sus célebres fragmentos amorosos, quien señaló que la originalidad en el amor no existe y que ninguno podríamos enamorarnos si no hubiésemos oído hablar sobre él.

Nuestra habitual concepción amorosa consiste en concebirnos como seres incompletos que buscamos a una pareja que nos complemente, nuestra media naranja. Desde el ebrio banquete de Platón, a través de Aristófanes y la famosa platija y el mito andrógino, el deseo es la energía que trata de restaurar una unidad primera que hemos perdido. En cuanto a su espiritualista doctrina amorosa, el catolicismo es un mal remake de todo lo expuesto en ese famoso diálogo. La unión amorosa es el pasaporte primero para ganarse la vida eterna. Y la pareja y la monogamia son el remedio contra el infierno de la concupiscencia. Pablo de Tarso lo dejó bastante claro en esa frase de los Corintios sobre la que han corrido ríos de tinta a lo largo de los siglos: «si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando». Es decir, es mejor el matrimonio que practicar la vida disoluta y desordenada de un soltero libertino y pajillero. A Platón la soltería también la parecía una conducta reprochable moral y penalmente porque no dejaba descendencia. En uno de los diálogos de Las Leyes se decía que si al cumplir los 35 el hombre seguía soltero debería pagar una multa para que no creyese que su estado civil le reportaba algún beneficio. Es imposible separar de la historia del amor la monogamia y la familia. En el fondo, el amor podría no ser más que la renuncia a la individualidad y a la libertad personal en favor de la procreación por el bien del Estado y la Nación.

Si tenemos presente las múltiples sospechas y recelos que, a largo de nuestra mojigata y espiritualista tradición amorosa, ha levantado la soltería, por culpa de las vulgatas católicas y los idealismos platónicos, la distópica prohibición de la soltería que plantea La langosta (The Lobster, 2015) no es tan extravagante como parece. El castigo a la obligada reencarnación animal, si no consiguen pareja en 45 días, parece influenciado por las ideas de la mentapsicosis platónica; ya que el filósofo ateniense sostenía que los animales procedían de una encarnación relacionada con la vida anterior del hombre. Aquellos que en una vida pasada se dejaron guiar por los placeres de la carne y el cuerpo se metamorfosean en animales con las cabezas atraídas hacia el suelo. Por eso no parece raro que en el bosque de los solteros veamos a un enorme cerdo husmeado la tierra. El porcino, reflejo de un animal grosero y materialista, sería la encarnación del alma soltera dentro de la lógica platónica que tan inteligentemente supieron reutilizar los doctores de la iglesia católica: Tertuliano, Plotino, San Agustín…

No sería aventurado ver la distopía de La langosta como una crítica a la utopía del amor platónico. Es cierto que, por razones que supongo comerciales, el cineasta griego no adopta una visión nietzcheana del amor reivindicando la materialidad corporal y sensible por encima de los ideales místicos y ascéticos. Pero la película rechaza tanto los obligatorios vínculos de pareja como la soltería forzada, se opone tanto a la soledad monacal como al matrimonio conformista y encarcelador. Con su resolución final, el cineasta parece decirnos que podríamos evitar el fracaso y el sufrimiento que conlleva el amor si este no fuese ciego ante las imperfecciones y los defectos del otro. Sería fácil que recurriésemos a ese dicho popular que señala que el amor es ciego y que es el matrimonio el que le da la vista. Pero el problema del idealismo amoroso es que crea un desajuste entre las altas expectativas y la realidad que acaba generando todo tipo de frustraciones y decepciones en las personas. 

El amor hoy sufre una situación paradójica: gracias al mercado sigue siendo objeto de las mayores sublimaciones e idealizaciones al mismo tiempo que la idea de compromiso parece imposible. El sistema en el que vivimos tiene algo retorcido: nos vende ideales que solo podemos desear que no funcionen para seguir idealizándolos. Por eso quizás el filósofo del martillo tuviese razón en su Gaya Ciencia cuando se mostraba asombrado de que un sentimiento como el amoroso haya sido idealizado y divinizado hasta la náusea en todas las épocas.

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