martes, 28 de julio de 2015

La ciudad de las desapariciones, de Iain Sinclair



Como bien dice Javier Calvo, traductor y editor de los 11 ensayos y textos que componen el libro, parece sorprendente que un escritor con la calidad literaria de Sinclair y con la, por desgracia, universalidad de los temas urbanos que trata, no se hubiese traducido antes al castellano. Iain Sinclair trabaja como un arqueólogo urbano que se esfuerza en desenterrar el pasado oculto y olvidado de la ciudad de Londres, sacando a la superficie las energías latentes de los espacios y los edificios, a través de la escritura y los paseos, intentando (re)instaurar un mitología casi perdida debajo de las capas de la ideología cultural hegemónica. Sinclair practica una cartografía urbana digresiva, llena de referencias y alusiones locales. Su escritura a veces parece un exorcismo de los fantasmas ideológicos del thatcherismo que (per)viven en la ciudad de Londres. Un ejercicio de topografía profunda, como le gusta denominarlo a él mismo, donde múltiples temporalidades e historias irrumpen en sus caminatas y excursiones urbanas con clara intención crítica. La escritura y el caminar detectivesco del escritor londinense son una muestra de que es posible una resistencia frente a un tipo de urbanismo y arquitectura plegado por completo a los intereses económicos. Si la ciudad es el espacio donde la política se hace visible, política deriva de polis, solo tranzando cartografías críticas es todavía posible imaginar otro tipo de ciudad, aunque para ello tengamos que meter nuestras narices en los espacios basura que genera el urbanismo triunfal promovido por el poder económico y político.

Escribir y caminar, dos actividades desde siempre unidas (la nómina de escritores caminantes es extensa: Rousseau, Baudelaire, Joyce, Benjamin, Pessoa, Handke, Sebald). En sus textos, las conocidas figuras del flâneur y el paseante surrealista son solo un eco (romántico) del pasado: «El concepto de pasear, de deambular sin meta por la ciudad, de hacer el flâneur había quedado desbancado. Habíamos entrado en la era del acosador; viajes completamente deliberados, de mirada afilada (p.65).» El acosador de Sinclair es un descendiente de la práctica de la deriva psicogeográfica: él también ve la ciudad como un espacio repleto de significados ocultos y desarrolla sus paseos como una forma de crítica urbana. Pero al contrario que el escritor inglés, el vagabundeo situacionista no seguía rumbo prefijado por las calles de la ciudad e implicaba, según el anarquista poético Hakim Bey, «una apertura a la cultura como naturaleza» [1]. La concepción lúdica y utópica de estos nomadismos no está presente en los paseos urbanos de Sinclair; principalmente porque deambular sin rumbo en una ciudad que se ha vuelto, usando la popular expresión de Mike Davis,  un «archipiélago carcelario» obsesionado con la seguridad, puede ser vista como una práctica susceptible de denuncia y detención. Sergio Chejfec, uno de los mejores caminantes de la literatura contemporánea, afirmaba que estos siempre se han visto como personajes potencialmente peligrosos. Pero Londres, la capital de la videovigilancia con más de 40000 cámaras de seguridad observando a sus ciudadanos las 24 horas del día, ha convertido el espacio urbano en un enorme Gran Hermano en el que todos sus participantes pueden ser sospechosos de cometer un delito. En la era de la vigilancia y el control, la libertad, decía un hombre frente a una cámara de seguridad en una viñeta del El Roto, «es esa sensación de estar siendo permanentemente vigilado.» 


La ideología de la seguridad y los fantasmas de la amenaza, escribe Sinclair, «justifican todo un sistema de cámaras para voyeurs. Una red de dispositivos de vigilancia indiferentes barre todas las calles y todos los edificios con el objeto de eliminar la posibilidad de un tiempo pasado, la libertad de olvidar. No puede haber cosas memorables ni tampoco momentos especiales: se ha establecido una discreta tiranía del ahora. El tiempo real en su forma más pedante» (p.86). Sinclair describe la City de Londres como una ballardiana fortaleza privada de la que cualquiera puede ser expulsado arbitrariamente si levanta algún tipo de sospecha o no va debidamente acreditado e identificado. De esta manera, el espacio público se privatiza porque la frontera entre la arquitectura y el orden público desaparece. En esta situación, la militarización del espacio urbano no es una simple metáfora. Durante los juegos de Londres, Sinclair describe el Parque Olímpico como una ciudad asediada: «Si escuchas, puedes oír el zumbido amortiguado de una panzudo escuadrón aerotransportado. Murphy, Morrison, Nuttall: tienen controles estratégicos en las calles y ejércitos privados. La sombra del viejo Berlín es inevitable» (p. 264). La amenaza del terrorismo legitima todas las medidas, por muy demenciales y difíciles de creer que parezcan. Un sistema de misiles Rapier encima de una loma que se encargaba de garantizar la seguridad de los asistentes, tenía «el desagradable hábito de seguir a los espectadores que se aceraban demasiado a la valla a curiosear» (p. 281). A pesar del contrapunto irónico en su escritura, la imagen parece sacada de una distopía urbana apocalíptica.

Pero no solo la paranoia urbana de la seguridad en la ciudad de Londres es objeto de la mordaz crítica del escritor británico, otros elementos esenciales del urbanismo capitalista como las autopistas, concretamente la M25, lo obsesionan. De esta autopista orbital de Londres, Sinclair señala: «que antaño fue la mascota y el orgullo de un gobierno autocrático, se ha visto degradada rápidamente a cinturón de asteroides provocador de la furia automovilística, a comitiva de escombros que avanzan dando tumbos, tirándose pedos y eructando alrededor de una ciudad herméticamente sellada. La autopista orbital es un collar de seguridad cerrado en torno al cuello de un criminal convicto. Un garante de la cuarentena nocturna. Presentada, misteriosamente, como una autopista que llevaba al mundo entero, pronto se reveló como inspiración para los titulares de la prensa sensacionalista.» La descripción, buena muestra del ingenio y la imaginación de su escritura, puede parecer excesiva contra un elemento, a priori, tan fundamental para el buen funcionamiento urbano y el tráfico de una ciudad. Sin embargo, el predomino de las autopistas produce una vampirización de lo urbano, tema al que no por casualidad se aludía en el ensayo fílmico London Orbital (Christopher Petit, Iain Sinclair, 2002), porque se han conformado en contra del espacio público: «El tráfico se convierte en la organización simbólica y efectiva de la ciudad y el automóvil es su célula básica que conforma una manera de ser individualista y competitiva, violenta e insolidaria» [2].

Los faraónicos proyectos urbanísticos como la Cúpula del Milenio o el parque Olímpico también son objeto de los perspicaces paseos investigativos de Sinclair. Estas arquitecturas del espectáculo diseñadas por déspotas a sueldo público en todas las partes de mundo, acaban convertidas en una gran feria de las vanidades después del gran acontecimiento. El repetido argumento que esgrimen los políticos de la regeneración y la renovación de las zonas en las que se construyen, son los eufemismos que ocultan los conocidos procesos de gentrificación urbana y especulación urbanística que arrasan sin pudor con el patrimonio, la vida comunitaria y la memoria de los lugares, como Sinclair se encarga de revelar en más de una ocasión: «El ayuntamiento de Hackney había derribado un teatro victoriano y una hilera de casas georgianas adosadas protegidas y le había dado las tierras a promotora inmobiliaria Barrat por un alquiler nominal, con el argumento de que el enlace de tráfico era más importante que todos los precedentes históricos y contratos sociales» (p 282-283). 

[1]. Bey, Hakim: T.A.Z. Zona Temporalmente Autónoma. Ed. Talsa: Madrid, 1996, p 114.
[2]. Montaner, Josep María y Muxi, Zaida: Arquitectura y política: Ensayos para mundos alternativos. Gustavo Gili: Barcelona, 2011, p. 117.