jueves, 18 de junio de 2015

¿Son arte las series de televisión?

La burbuja cultural de las series se desinfló un poco después de que Vicente Luis Mora pusiese en duda su cualidad artística en un interesante artículo publicado en su blog con el elocuente título: Por qué llamar a las series arte cuando quieren decir storytelling. Con esta polémica entrada, Mora reabre un debate que, después de la posmodernidad, muchos creían superado: arte versus cultura.

Desde los inicios del boom de la serialidad televisiva, los esfuerzos de algunos críticos y especialistas se centraron en argumentar y legitimar unos contenidos emitidos en un medio culturalmente tan denostado como la televisión. El título de un volumen editado por la especialista en series de televisión Concepción Cascajosa, La caja lista: televisión norteamericana de culto (Laertes, 2007), reflejaba a la perfección ese intento de ennoblecimiento. La televisión había pasado de ser ese medio que solo fomentaba la vulgaridad, la estupidez, el conformismo y la pasividad de los espectadores al de la inteligencia, la actividad, la formación, la cultura o el arte. [1] Y las series de televisión dejaron de ser productos de la peor clase de cultura de masas a ser leídas o valoradas como gran literatura o gran cine, como un ejemplo excelso del mejor arte de nuestro tiempo.

Este proceso de legitimación siempre sucede cuando productos de la cultura popular superan el lugar que socialmente se les había asignado. Como ha explicado el filósofo José Luis Pardo  en su obra Malestar en la cultura de masas, este proceso sancionador se realiza a través de dos procesos. Uno es otorgando a esos productos una legitimación estética, aplicándoles cánones de la alta cultura. Esto mismo es lo que, por ejemplo, no ha parado de hacer el escritor y ensayista Jorge Carrión desde que patentase el término Teleshakeaspere para referirse a la nueva ficción televisiva norteamericana, comparando algunas series con la gran literatura, «o como una novela por entregas.» [2] Sin duda series como Boss pueden ser vistas como una reescritura contemporánea de Macbeth, pero comparar o igualar una obra con otra resulta bastante ridículo.

«pues por mucho que uno se empeñe en mostrar lo que hay de común entre las melodías de Georges Brassens y las de Bach, en subrayar que ciertas canciones de los Beatles pueden considerarse variaciones de temas de Beethoven, en encontrar paralelismos entre el dibujo de Giotto y de algunos cómics contemporáneos o entre la dirección escénica de Billy Wilder y los cuadros de Manet, la confusión entre estos dos paradigmas sólo puede conducir a la ignorancia de las profundas diferencias que los separan estructuralmente.» [3]

La otra forma consiste en la legitimación moral, considerándolos como obras de protesta, denuncia o testimonio. Mora crítica de manera demasiado taxativa este tipo de legitimaciones morales de las series de televisión cuando señala que: «Las series sólo intentan concienciarnos de cosas de  las  que  ya  estamos  todos  más  o  menos concienciados:  diversidad  sexual,  la  lucha contra el racismo, contra la discriminación de  las  mujeres,  contra  el  maltrato… Su potencial político, por tanto, es prácticamente nulo.» Cierto es que en muchas ocasiones este proceso moralizador se ha realizado a través una pirueta alegórica que, según Alberto Santamaría, en un texto clarificador al respecto, consiste en desactivar la posibilidad de ver las series de televisión como entretenimiento, «haciendo de ellas un producto maleable (un tercer lenguaje) inservible más allá de determinados juegos de malabares con los que pretende situar lo estudiado en su propio recinto de pensamiento.» [4] Sin embargo, opino que series como The Wire, Treme o Boss contienen interesantes y ricas representaciones urbanas que nos permiten penetrar en muchas de las dinámicas ocultas del capitalismo contemporáneo.

Un ejemplo claro de este proceso lo encontramos en un artículo reciente de Jorge Carrión publicado en El Pais, en el que se preguntaba, de manera retórica, si las series eran morales porque «en muchas de ellas se destila una visión negativa de la condición humana tanto en el drama como en la comedia.» El pesimismo o el nihilismo suelen dar como resultado visiones moralizantes de la vida, pero que las series sean ejemplos morales porque representan a personajes que carecen de ella es un razonamiento que roza casi lo alegórico. Carrión convierte en moral la amoralidad de muchas series porque las ve como un reflejo de la falta de moral de nuestra sociedad. Es decir, su contenido moral funcionaría por ausencia. El razonamiento me parece una mezcla algo delirante entre la idea hegeliana de que el arte debe tener una intención moral pero sin explicitación y sin desarrollo, y lo que Eloy Fernández Porta calificaba como la reificación humanista: «la reducción del potencial estético a los sentimientos morales», en un claro intento de legitimación cultural de la series. [5]

Sin embargo, en este punto creo justo preguntarse, como hace Adam Kotsko [6], si esta amoralidad moralizante de las series de la que habla Carrión, ¿no estará fomentado una fantasía sociópata en el espectador a través de la fuerte identificación/proyección que tenemos con sus personajes? Esta fantasía representaría el intento de escapar de la naturaleza social de la experiencia humana, viviendo al margen de las normas sociales pero al mismo tiempo instrumentalizándolas para conseguir lo que uno quiere porque no está unido a la sociedad. El análisis de Kostko quizá tenga algo de platonismo rousseauniano, por la crítica a los perversos efectos morales que este tipo de personajes ficticios como Don Draper, Dexter o Dr. House pueden tener sobre el público; con todo, la pregunta que da título a su ensayo me parece interesante Why we love sociopaths?

La disolución entre alta cultura y baja cultura que se ha promovido como ejemplo de democratización desde muchas instancias y por muchos sectores progres nunca ha conseguido derruir por completo las fronteras entre ambas, ya que, como mencionaba Marc Jimenez, en el mundo de la cultura, la circulación va en un solo sentido: «Un intelectual cultivado puede pasar fácilmente de una lectura de Jean-Paul Sartre a la de una novela policial, alternar un filme de Godard con un western de clase B. Por el contrario, un aficionado a las sitcoms y a los folletines televisivos, o bien un lector asiduo de novelas como las que se venden en las terminales de transporte, accederá más difícilmente a una cultura legítima, aun considerada burguesa y elitista.» [7]. Parece claro que el texto de Mora es un intento de devolver a la series a la condición de productos culturales cuya intención primera «es divertir y dar placer, posibilitar una evasión fácil y accesible para todos, sin necesidad de formación alguna sin referentes culturales concretos y eruditos.» [8] A riesgo de ser criticado como elitista, la entrada denuncia el reemplazo del arte por la cultura y la comunicación que han querido realizar tanto críticos y especialistas, como los propios canales de televisión con este boom de las series. Para Vicente Luis Mora, tanto la producción y la difusión de una cultura de masa como el funcionamiento de la industria cultural no crea ni favorece una experiencia estética profunda sino una especie de sucedáneo, un ersatz, que requiere poco esfuerzo intelectual y por lo tanto no puede ser arte.

La inflexibilidad con la que Mora quiere separar el arte de la cultura o la industria peca de esencialista. En primer lugar porque no existe nada como el Arte sino las artes dentro del arte. Como recordaba José Luis Molinuevo en La experiencia estética moderna, «no existe una esencia estética de la obra de arte que pueda ser aprehendida y expuesta por una estética, de modo que a partir de ella se pueda reflexionar sobre la obra de arte». [9] Y segundo, porque, como escribía Jacques Rancière, limitarse «al arte es olvidar que el arte mismo solo existe como una frontera inestable que necesita para existir, verse atravesada constantemente.» [10] El arte hace mucho tiempo que perdió sus elementos de contraste como consecuencia de su absorción por la cultura visual. Los rasgos que podían identificar lo artístico de lo que no lo era se han disuelto en lo cotidiano y lo mass-mediático. Por lo tanto intentar hallar o imponer de nuevo una especificidad ontológica del Arte resulta o bien melancólico o bien reaccionario.

La división entre arte y entretenimiento/ cultura visual que establece a partir de la oposición y las diferencias entre literatura y series se apoya en un claro esencialismo pero también en la falacia (burguesa) de la dificultad como garantía de la verdadera experiencia estética. Y es que si aplicamos el criterio de Mora, solo un número reducido de cineastas a la largo de la Historia podrían ser considerados como auténticos artistas y por lo tanto muy pocas películas entrarían dentro de la categoría de Arte. Otro de los errores que creo que comete en su argumentación es que quiere meter a las series en un paradigma estético que no le corresponde: ese en donde la separación entre el arte y el entretenimiento, las bellas artes de las funcionales y las mecánicas es, o era, claro y nítido. Un régimen estético, usando la terminología de Rancière, que no debemos olvidar  que es bastante reciente en la historia del arte (En la antigua Grecia las bellas artes y las artes útiles se agrupaban bajo una misma denominación de teche. Y Platón no dudaba en poner en un mismo plano la pintura, el bordado y la construcción). Por otra parte, la defensa de la individualidad, de la libertad y de la autonomía como condición sine qua non del arte que hace Mora en su texto no deja de ser un uno de los mitos románticos que más han fortalecido el capitalismo artístico en el que vivimos.

La idea central de su argumento en contra de la presunta artisticidad de las series es la del storytelling. Según Mora, el primer  paso  para  la  consideración  de  la  serie  como  arte  vino  constituido  por  la sobredimensión  de  su  parte  narrativa. Para él, ese contenido narrativo de las series está más próximo al storytelling que a la literatura per se. Comparto plenamente la idea de que las series no son literatura, aunque a mi parecer la comparativa resulta demasiado peyorativa. La narración de la mayoría de las series se asemeja, principalmente, a la de una buena narrativa de masas. La diferencia entre una y otra, entre la literatura y la narrativa popular, estriba en que «la primera sitúa su énfasis en la historia más que en el lenguaje usado para contar esa historia» y la segunda «el lenguaje es la historia; es decir la historia es ante todo un vehículo para el despliegue lingüístico de las capacidades retóricas del escritor.» [11] Esta definición de Steve Moore resulta útil para comprender esa separación entre Literatura (Arte) y series (entretenimiento), lenguaje (Literatura) e historias (series) que establece Mora en su texto, pero también nos permite comparar las series, de manera más justa y precisa, con la narración del cine clásico, ya que la mayoría de ellas adoptan lo que Burch denominaba como Método de Representación Institucional.

Aunque las mejores series de televisión tienen un ritmo pausado y anticlimático, son complejas narrativamente, «no se someten a las estructuras y bloques convencionales, se alejan de la multitrama y las fórmulas típicas de los manuales de guion, rechazan el mecanismo rígido en la relación causa/efecto, se alejan del estilo y de las normas narrativas de televisión» [12] están todavía lejos de ofrecer alguna novedad o experimentación radical. Comparto por lo tanto lo que dice que Mora, las series «jamás desafían al medio –ni a la  comprensión  del  lectoespectador– permaneciendo  iguales  a  sí  mismas:  sus  capítulos  son homogéneos  en  duración  (salvo  alguna  excepción  como  The  Sopranos),  siguen  la  secuencia prevista  por  la  cadena  a  la  que  pertenecen  (con  cortes  publicitarios,  salvo  en  HBO,  Netflix  y similares),  van  creando  una  ficción  con  las  rígidas  reglas  del  melodrama  convencional (planteamiento,  nudo,  conflicto,  apariencia  de  final  irresoluble,  súbito  giro  dramático  final que arregla la trama, casi siempre para bien), cuestionan algunos modelos sociales pero nunca el capitalismo que las sustenta como producto […] y nunca se  plantean un desafío estético  como series.»

Como todas las obras clásicas, las series están bastante reguladas formalmente. Pero el éxito de la series no radica tanto en cómo lo cuentan sino en lo que cuentan, en su apuesta decisiva por representar las pasiones humanas a través de un discurso que se presenta como historia borrando sus huellas de enunciación. Usando una terminología semiótica diríamos que hasta ahora la mayoría de las series están demasiado preocupadas en los significados y poco en los significantes (de ahí el peso que tienen los guionistas). Por eso la mayoría de las series no plantean ningún reto de compresión a los espectadores porque su finalidad es llegar al mayor número de personas a través de estructuras codificadas. La gran novedad de muchas series, y también su mérito, está en su renovada capacidad de atraer, atrapar e implicar la atención y el interés de millones espectadores por medio de las eternas leyes del drama y de un sentir ya sentido. A la pregunta de si a pesar de su evidente academicismo, las series pueden ser consideradas arte, Jacques Aumont ofrece una respuesta bastante clara al respecto: «Toda obra que quiere producir una novedad, a fortiori, debe jugar con todas las técnicas de la espectacularidad o de la seducción, entre otras con la captación del espectador o del destinatario en general; pero no lo hace en el arte a menos que esa captación ponga en juego la forma, el dispositivo, la figuración, la escenificación, o sea el significante.» [13] En contra de lo que opina Mora, creo que The Wire o P’tit Quinquin podrían entrar en esa santa categoría, que por otra parte tampoco consideraría digna de tanto elogio o consideración. Por eso los consumidores de series tampoco deberían preocuparse en compararlas o igualarlas con el arte, ya que, como bien dice Carlos Arguiñano, en la mayoría de las ocasiones es mejor tomar una buena cecina (cultura visual) a un mal jamón (arte). Bien saben ustedes que en esto del jamón hay mucho fraude, lo venden como de bellota y pocas veces llega a ser de recebo. (Aunque en una época en la que todos se promocionan como productores de jamón ibérico a ver quién se atreve a confesar que le gusta más la vaca que el cerdo).

Lo mejor sería considerar a las series como una manifestación extraordinaria de la cultura visual, por eso su estudio se hace en muchas ocasiones desde la sociología o los estudios culturales y no desde la historia o la estética. El término Cultura Visual siempre ha funcionado como una especie de cajón de sastre en el que incluir todo tipo de prácticas visuales, desde las populares y mediáticas a las artísticas. Dicho esto, no debemos olvidar el apunte de Simón Marchán Fiz: «es evidente que no toda la cultura visual es arte ni tiene qué ser vista desde esa óptica ni devaluada porque no lo sea». [14] Por tanto, la pertenencia de las series a la Cultura visual no equivaldría a prejuzgar que éstas pudiesen ser artísticas pero tampoco que no lo fueran. El hecho de que demasiados comentaristas se hayan apresurado a meterlas interesadamente en la categoría de arte comparándolas con grandes ejemplos del cine o haciendo de ellas un trasunto visual de la gran novela norteamericana demuestra que la nivelación cultural de las prácticas visuales que ha defendido y promovido la cultura de masas, siempre fue una falacia.
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[1] Un claro ejemplo de esta inversión del descrédito cultural de la televisión lo encontramos perfectamente retratado en el libro de Santiago Navajas: Manual de filosofía en la pequeña pantalla. Las claves del pensamiento filosófico en la cultura de masas (Berenice, 2012). El autor convierte a la series, y por lo tanto a la televisión, en una apéndice de la filosofía, un instrumento eficaz para la educación moral y política de la ciudadanía.
[2] Carrión, Jorge: Teleshakeaspere. Errata Naturae: Madrid, 2011, p. 44.
[3] Pardo, José Luis: Malestar en la cultura de masas. Galaxia Gutemberg: Barcelona, 2007 p. 85-56.
[4] Santamaría, Alberto: «Crítica en serie. La teoría de la doble h y el disfraz alegórico» en Alberto Santamaría, 18 de febrero de 2012, http://albertosantamaria.blogspot.com.es/2013/05/critica-en-serie-la-teoria-de-la-doble.html
[5] Porta, Eloy Fernández: €RO$: La superproducción de los afectos. Anagrama: Barcelona, 2010, p. 259.
[6] Kotsko, Adam: why we love sociopaths? A guide to late capitalist television. Zero Books: Winchester, Washington, 2012.
[7] Jimenez, Marc: La querella del arte contemporáneo. Amorrortu: Buenos Aires, Madrid, 2010, p. 288.
[8] Lipovetsky, Gilles y Serroy, Jean: La cultura-mundo. Respuestas a una sociedad desorientada. Anagrama: Barcelona, 2010, p. 79.
[9] Molinuevo, José Luis: La experiencia estética moderna. Sintesis: Madrid, 1998, p 269.
[10] Rancière, Jacques: Las distancias del cine. Ellago Ediciones: Castellón, 2012, p. 14.
[11] Moore, Steven: The Novel: An Alternative History: Beginnings to 1600. Continuum Books: New York, 2010.
[12] Tubau, Daniel: El guion del siglo 21. El futuro de la narrativa en el mundo digital. Alba: Barcelona, 2011 p. 74-75.
[13] Aumont, Jacques: La estética hoy. Cátedra: Madrid, 2007, p. 267.
[14] Marchán Fiz, Simón: «Las artes ante la cultura visual. Notas para una genealogía en la penumbra» En Jose Luis Brea (ed.) Estudios visuales: La epistemología de la visualidad en la era de la globalidad (pp. 74- 90). Akal: Madrid, 2005, p. 88. 

9 comentarios :

Vicente Luis Mora dijo...

[Parte 1] Estimado Horacio, antes de nada gracias por la profunda lectura y por suscitar el debate, algo que entiendo inexcusable para seguir pensando. Te agradezco ese esfuerzo. Como imaginarás, no estoy de acuerdo con muchos extremos de lo aquí planteado, así que comenzaré por el final.

Creo que el planteamiento "reaccionario" es el conservador, entendiendo como tal aquel que deja las cosas como están, sin plantearse ulteriores análisis, y eso es precisamente lo que haces cuando relegas la cuestión de las series a un asunto de "Cultura visual". Hasta tú mismo pareces darte cuenta en tu texto de que esa solución no hace más que desactivar el problema, ponerle una etiqueta conceptual a las series para "quitártelas de encima" y no tener que seguir pensando en su problemático estatus estético.

En tiempos como los que corren, lo reaccionario es no mojarse. Yo sabía que corría ciertos riesgos al hacer mi post -por ejemplo, ser tachado de esencialista o de post-romántico, como ha sucedido en tu caso-, pero ser crítico es correr riesgos. No hay otra forma de hacer verdadero análisis cultural. Por supuesto que el que se arriesga corre el riesgo de equivocarse, claro está, pero es el único que también corre el riesgo de acertar.

Como te dije en un tuit de primera respuesta a tu post, mi concepto del arte está lejos de ese esencialismo y es bastante pragmático. En esta entrada (http://vicenteluismora.blogspot.com.es/2015/04/paseando-por-la-calle-desolada.html), a partir de un ensayo de Ruiz Zamora, intentábamos caminar por esa "calle desolada" del lugar-antes-conocido-como-arte para saber qué tenemos entre manos. De las distintas direcciones posibles (cosas que con bastante seguridad siguen siendo arte -Louis Bourgeois, Kiefer, etc.-; objetos que no son estéticos pero que son valiosos y lo que Ruiz Zamora describe como post-arte, en cuyo seno distingue el autor prácticas cínicas y "creatividad estética"), me inclino por decir que las series son esto último, es decir: "creatividad estética", pero siempre dentro de un post-arte, de algo que ya no suscita debate al respecto, salvo en aquellas contadísimas ocasiones (yo cito Twin Peaks, tú The Wire) en que se ha producido un cambio de código o revolución del marco que las convierte en otra cosa (otra cosa artística, claro es).

Vicente Luis Mora dijo...

[Parte 2]
Como además se dice en el artículo de origen, se plantea un diagnóstico coyuntural, esto es, rebus sic stantibus, de forma que si aparece en el futuro una serie desafiante, donde su autor controle plenamente el proceso, que cambie por completo nuestra idea de serie, etc., etc., etc., tendríamos que reevaluar nuestros parámetros de análisis. Pero ese siempre ha sido nuestro trabajo: asumir los objetos de análisis que se nos proponen y crear, o recrear, las herramientas conceptuales para valorarlos. Mi post es arriesgado, pero es anti-reaccionario, porque lo conservador, lo que deja las cosas como están, es no mojarse, no dar una opinión contundente. Si las series nos entretienen pero no nos "llenan" como lo hace "Solaris" o "Citizen Kane", si se nos olvidan rápidamente (como me ha pasado con las cientos -cientos- de series que he visto, salvo Twin Peaks), si apenas dejan rastro retiniano, hay que preguntarse por qué. Me parece muy curioso que por un lado se diga generalizadamente que la posmodernidad ha sido un momento débil en la historia cultural, lleno de errores y con algún mérito, y se deje intocada la distinción entre baja y alta cultura, que fue uno de sus puntos medulares. Hay que ahondar en esta cuestión, hay que tener el valor teórico de profundizar en ese "abandonado debate", cuyo abandono tanto ha favorecido a los detractores de la teoría (si ya no hay distinción entre lo alto y lo bajo, ¿para qué necesitamos teóricos que nos ayuden a extricar las diferencias?; si todo vale lo mismo, ¿para qué necesitamos valoradores?). Y ese trabajo debe hacerse recordando algo primordial: lo elitista no es nuestra mirada crítica, sino las obras. Es decir: no es elitista quien dice que tal obra es "altocultural" o que tal fenómeno es "low brow". Son las propias obras las que lo están diciendo. Molloy o El innombrable nos hablan con megáfono, desde las alturas. Quien no lo advierte es que no las ha leído, o no las ha entendido. Te puede gustar o no Lew Majewski, pero a poco que lo veas, y tú lo has visto, te darás cuenta de que está en "otra cosa" que los cineastas que ruedan vampiros románticos adolescentes. Los elitistas no somos nosotros por decir que Beckett es mejor, el problema es que Beckett es descomunal y tiránico y despótico en su potencia literaria. Podemos hacer como que no lo vemos, pero no es mi caso, yo doy la cara.

Aunque me la partan.

Saludos y gracias, Horacio.

Horacio Muñoz Fernández dijo...

Vicente, no está en mi ánimo malinterpretar tus palabras y mucho menos atacarte por un texto que, como te dije, me parecía muy necesario e interesante. Te leo y sigo desde hace años, sé perfectamente que en cuanto a temas de arte y literatura, tu teoría y tu práctica están alejadas por completo de la nostalgia, el inmovilismo estético o el esencialismo. Pero en tu argumentación contra las series pecas un poco de eso al oponer de manera tan frontal y tajante el arte contra la cultura y la literatura contra las series. Aquellos que, como Vargas Llosa o Marías, intentan oponer esas dos cosas caen en una burda caricatura de los dos ámbitos porque hablar hoy de una especificidad del arte es ciertamente ridículo. No existe ninguna pureza ni esencia del arte, pero es que los criterios estéticos que se ha utilizado para demostrarlo tampoco sirven. ¿Cuántas veces te han atacado diciendo que esas “cosas textovisuales” que defiendes no son literatura porque la literatura siempre ha sido X? En tu ensayo creo que comentes un error parecido al decir que las series no son Arte porque el Arte es otra cosa. Intentas reafirmar lo propio del arte, lo que el arte es o debe ser, a través de su oposición con lo Otro. Yo no creo que eso sea posible porque como muy bien dice Rancière: “No es seguro que la ley de Moisés se oponga a la de MacDonald”

Citas el libro de Zamora como cercano a tu visión pragmática del arte. Sin embargo Escritos sobre Post-arte me parece de todo menos pragmático, ya que lo que hace es una crítica radical a todo el oropel metafísico del arte y a su excepcionalidad ontológica, culpable, según él, de toda la estupidez, el fraude y comercialización de la que es objeto hoy día. Para Zamora el arte es un cadáver articulado por inercias transcendentales de las que es necesario desprenderse cuanto antes en favor de una visión más funcional o social, que no política. Por eso no creo que aprobase una oposición entre la Literatura y las series con la intención de reafirmar el valor de lo primero. Aunque quizás sí que podríamos calificarlas como Post-arte, ya que como bien dices: “es una manifestación de la creatividad humana que ha alcanzado significatividad en virtud de su excelencia”

Estoy de acuerdo en que la mayoría de las series no llenan nuestras inquietudes estéticas y sus imágenes pocas veces se quedan en nuestra retina. Pero creo que eso sucede prácticamente con todas las manifestaciones culturales actuales, ¿no? ¿Cuántos libros has leído o cuántas películas has visto de los que no te acuerdas absolutamente nada? Eso tampoco quiere decir que el autor que los haya hecho no quisiese que su libro o sus imágenes fuesen recordadas. Muchas obras se hacen con una clara vocación artística y no quedan nada de ellas en nuestra memoria.

Horacio Muñoz Fernández dijo...

A las series se les pide y se les exige que cumplan el papel que desarrolló el cine durante buena parte de su corta historia. Y por el éxito que tienen no hay duda que lo deben de hacer francamente bien. Ricardo Piglia comentaba algo muy interesante al respecto: “la narración social se ha desplazado de la novela al cine y luego del cine a las series y ahora, está pasando de las series a los facebooks y a los twitter y a las redes de Internet. Lo que envejece y pierde vigencia queda suelto y más libre: cuando el público de la novela del siglo XIX se desplazó hacia el cine, fueron posibles las obras de Joyce, de Musil y de Proust. Cuando el cine es relegado como medio masivo por la televisión, los cineastas de Cahiers du Cinéma rescatan a los viejos artesanos de Hollywood como grandes artistas; ahora, que la televisión comienza a ser sustituida masivamente por la web, se valoran las series como forma de arte.” No sé si estarás de acuerdo con esto, yo todavía no veo tan clara esa última parte del cambio, aunque no dudo de que puedan ser consideradas de ese modo. En el pasado ya encontramos series de televisión realizadas con un nivel de autonomía altísima y con autores, no técnicos ni directores, muy consolidados, en la órbita de lo que, despectivamente, algunos han calificado durante toda la vida como cine de arte y ensayo: Jean-Luc Godard (Six fois deux/Sur et sous la communication, 1976; France/tour/detour/deux/enfants, 1977), Rainer W. Fassbinder (Berlin Alexanderplatz, 1980), Krysztof Kieslowski (Dekalog, 1989-1990), David Lynch (Twin Peaks, 1990), Lars Von Trier (The Kingdom, 1994). Pero es que en la actualidad está sucediendo lo mismo, ahí tenemos a Bruno Dumont, un cineasta que guarda vinculaciones estéticas con Bresson, Pasolini o Tarkovski haciendo una serie para el canal Arte, pero también Olivier Assayas (Carlos, 2010), Todd Haynes (Mildred Pierce, 2011), Kiyoshi Kurosawa (Shohuzai, Penance, 2012), Janes Campion (Top of the Lake, 2013) o Steve Soderbergh (The Knick, 2014).

Te doy toda la razón en que necesitamos debatir el boom de las series para poder determinar su valor. El problema es que ha desaparecido la crítica ilustrada como argumento encaminado a una valoración. Hoy solo hay publicidad o crítica romántica. ¿Has leído alguna reseña o artículo en el que el que se critique o valore negativamente una serie? Yo no. Todas parecen obras maestras dignas de la más altísima consideración que si no ves quedarás fuera del juego del reconocimiento social. Pero la crítica de las series no podemos hacerla desde una apocalíptica postura adorniana donde el arte supondría un espacio inmaculado de resistencia contra los conformistas y superficiales gustos del público y los intereses mercantiles de las cadenas. Las series no son La broma infinita ni la obra de arte total que actúan como opio llevando a los espectadores a un estado de hipnosis. No hay duda de que las series hacen ciertos contenidos sociales y políticos estéticamente atractivos por medio de técnicas narrativas adocenadas. Pero como señala Boris Groys, el público siempre ha querido encontrar en el arte las representaciones de asuntos y temas que tienen importancia o activan su vida cotidiana. Y muchas series actuales, como también muchos cómics o programas de televisión, contienen representaciones (sociológicas) más avanzadas o actuales que muchas obras pertenecientes a la Alta Cultura. Por eso son interesantes, a veces.

Gracias abrir el debate y por continuarlo
Un abrazo Vicente.

Vicente Luis Mora dijo...

Querido Horacio, te agradezco muchísimo, como decía antes, tu voluntad de debate y el regalo que me haces con todas estas contribuciones. No hay reproche en mis palabras, en absoluto, sólo voluntad discursiva y discutidora, a cuyo afinamiento deben dedicarse personas como nosotros, puliendo sin descanso la única arma que portamos, que no es otra que nuestra inteligencia. Disculpa este florido principio, paso a mayores.

Me siguen sorprendiendo algunas cosas que apuntas; por ejemplo, dices que el libro de Ruiz Zamora no parece aplicable al caso, pero concedes que la frase “es una manifestación de la creatividad humana que ha alcanzado significatividad en virtud de su excelencia”, del mismo autor, puede ser una definición cabal para las series. Por otro lado, sigo sin verte entrar en el asunto central del debate: por qué no podemos decir, de forma tajante y clara, que unas manifestaciones son mejores que otras o, incluso, más “artísticas” que otras, que no lo son tanto, o que no lo serían en absoluto, pudiendo conformarse (y no es poco) con ser refinadas formas de estética televisiva que utilizan el storytelling como forma de narración. Mi postura no puede estar más lejana que la de Marías o Vargas Llosa, que hablan desde unas supuestas “alturas” sin profundizar en los engranajes estéticos que las series utilizan. Por el contrario, la mía es una experiencia horizontal de batalla, pues llevo lidiando –como espectador primero y como crítico cultural después- con estas formas televisivas desde hace casi cuarenta años, y he entrado en sus mecanismos narradores de tal manera que más de una vez le he dicho a quien veía una serie conmigo qué es lo que iba a pasar y exactamente cuándo, en qué minuto del capítulo, sin equivocarme nunca, cosa que jamás me ha sucedido con un buen libro y con muchas películas, que aniquilan nuestras expectativas y nos hacen olvidar lo que sabíamos sobre arte hasta verlas. En cambio, las teleseries son previsibles, Horacio, previsibles hasta el ridículo a veces, y responden a fórmulas narrativas consabidas y establecidas a rajatabla, como bien sabes después de haber leído tantos manuales de guión. El melodrama y sus implacables ritmos y giros tiranizan estos medios –y el mal cine, , y la peor literatura también- y no dejan espacio ninguno al arte, pues el arte contemporáneo debería ser lo contrario de la fórmula.


Vicente Luis Mora dijo...

Dices que ese mal endémico acucia a las demás artes. ¿En serio? Basta ver mi blog para hacer el recuento, entre este año y el pasado, de no menos de 25 libros escritos en castellano y desconcertantemente brillantes e imprevisibles, por no hablar de otros tantos extranjeros que he leído y que siguen reafirmando mi fe en cierta especie de literatura. En cambio, vi , de Assayas, y acabé hastiado de tanta gente viajando para mover maletas de unos apartamentos a otros, sin sentido narrativo. He visto algunos capítulos de y he detectado el mismo esteticismo que asolaba el del propio Soderberg. Vi y me pareció que tenía los mismos problemas que las películas más flojas de Fassbinder, etc. No he accedido a todas las series que citas, pero lo haré, porque para eso estamos aquí, para aprender y seguir las referencias que otros interlocutores válidos como tú nos hacen. En cualquier caso, tu lista apunta –significativamente- a directores de cine que han dado el salto a otro medio, cuando lo que tendría que dar el salto es , Horacio. Si a Machewski le dices que haga un corto de un minuto para el Notofilmfestival, seguro que hace maravillas con la cámara de su móvil, porque no hace más que llevar su innegable talento a otra parte. Esa no es la cuestión. La almendra del asunto es la limitación estructural que, salvo rarísimas excepciones, tiene el formato de la teleserie. O, al menos, bajo mi punto de vista.

Hay un argumento que no has tocado, que se me ocurre ahora, y que podría ser más poderoso en mi contra de los que apuntas: el temporal. Aunque tienen varias décadas de existencia, las series apenas acaban, históricamente, de comenzar, y es algo duro exigirle los mismos frutos que a artes milenarias (como la literatura) o centenarias, como el cine. Si bien a este argumento podríamos oponerle uno doble: Sergei Eisenstein y D. W. Griffith…

Sinceramente creo que no soy adorniano ni apocalíptico, lo que no soy, desde luego, es . La crítica no puede serlo. Lo que no voy a hacer es seguir cerrilmente esa crítica televisiva que ve “una maravilla”, “una joya” o una obra de arte en cualquier cosa que aparezca bajo la palabra “serie”. Mis argumentos no son románticos, son bastante materialistas y van dirigidos a enfatizar el enorme peso limitador que tienen los medios materiales de producción de las teleseries. Les reconozco interés y suscribo lo que dices con Groys de la posible reverberación de las preocupaciones sociales que pueden tener. Pero hay que mojarse y decir que otras manifestaciones artísticas hacen eso mejor, con menos límites endógenos y exógenos, con mayor libertad, con superior carga política y con más acierto narrativo.

Un abrazo, Horacio, y gracias por esta interesantísima conversación.

Horacio Muñoz Fernández dijo...

Estimado Vicente si algo transmite mi breve entrada creo que es mi completa oposición a la teoría del horizontalismo cultural que se nos ha querido vender en la posmodernidad como un síntoma democratizador. El todo vale lo mismo es una mistificación ideológica que se presenta progresista pero que es de un populismo devastador. He criticado en más de una ocasión las posturas acríticas del periodismo o la crítica que convierte en artística y digna de elogio cualquier manifestación cultural que se precie. Por eso comparto contigo tu queja: “por qué no podemos decir, de forma tajante y clara, que unas manifestaciones son mejores que otras o, incluso, más “artísticas” que otras, que no lo son tanto.”

También he sufrido esa sensación de previsibilidad en las tramas en de la mayoría de la series. Razón por la cual no he sido capaz de acabar más que dos completas. Como bien apuntas en tu texto, la culpa de que los espectadores tengamos ese fatigoso don adivinatorio lo tienen las estructuras de guion que priman los argumentos y las tramas para ayudar a crear hipótesis claras sobre eventos futuros, y así mantener la atención y el interés del espectador durante el mayor tiempo posible. Todas las estrategias se pliegan a eso: a fidelizar espectadores a través del suspense, la curiosidad y la emoción, utilizando las mismas recetas. La mayoría de las series aplican las mismas normas hegemónicas de guion que las películas clásicas, con la diferencia de que ellas tienen la enorme ventaja de la duración para desarrollar más la psicología de los personajes y las tramas. Son estructuras clásicas codificadas, solo que aplicadas a capítulos y dosificadas a lo largo de temporadas que pueden llegar a durar muchas horas. La calidad narrativa de las series muchas veces parece una cuestión de cantidad.

Horacio Muñoz Fernández dijo...

Hay un dato que para mí siempre ha sido bastante revelador sobre el éxito de la series. Llegaron en un momento en el que muchos críticos y especialistas tradicionales diagnosticaban con melancolía fúnebre la muerte del cine porque no encontraban en las películas aquello que siempre habían buscado: “buenas” historias. El cine de Hollywood parecía sumido en una crisis creativa, o más bien narrativa, que se manifestaba en la filmación de remakes de remakes. Las historias dejaron de tener tanto peso y los productores y directores prefirieron vender películas como grandes eventos volviendo de alguna forma al cine de atracciones de los inicios. Por su parte, el cine de autor comenzó a situarse más allá de la narración y las historias en favor de las imágenes provocando el bostezo en muchos espectadores y críticos que acudían a las salas con el fin primero, y casi único, de divertirse o entretenerse. Sin embargo, el cine a principios de este siglo no era ningún enfermo terminal como nos vendían muchos comentaristas en todas las partes del globo. Lo que había muerto era una determinada manera tradicional, y dictatorial, de entenderlo que era la que ellos defendía porque comprendieron el arte desde una determinada óptica placentera basada en el reconocimiento de los arquetipos y las estructuras. Cuando parte de los cineastas contemporáneos más interesantes parecían poco preocupados por las historias y los guiones, aparecieron las series de televisión haciéndolo como siempre se había hecho. Y esos críticos tradicionales de prensa generalista que son contratados para reflejar los gustos mayoritarios del público, no para llevarles la contraria, y que habían estado dando la matraca con el fallecimiento del séptimo arte encontraron en la series la sustitución perfecta. Entusiasmados con el potencial narrativo del medio, muchos no dudaron en decir bien alto: ¡Esto sí que es buen cine!

La cuestión temporal a la que aludes podrían utilizarla seriéfilos en tu contra. Yo en cambio la veo como una muestra de la dudosa calidad de muchas de ellas. Las series no son un arte nuevo, no son una práctica que empiece de cero y que por lo tanto esté obligada a un periodo de inocencia hasta llegar a su maduración artística. Sí como dicen aquellos que flipan con ellas, las series son las herederas de la literatura y el cine será a cuenta de hacernos creer que nada las hubiese precedido. Pero ni tú ni yo estamos dispuestos a ponernos la venda de la inocencia porque si las series quieren jugar a ser arte entonces, como bien apunta Onfray, deben saber que “el arte vive de la historia, en ella, también para y por ella.” Porque Vicente, ¿qué interés artístico tendría que alguien escribiese una novela digital con estilo decimonónico? Utilizar nuevos medios pero aplicando viejas fórmulas siempre ha sido un buena forma de hacer negocio. Si quieres aumentar las ventas pon una etiqueta de formula mejorada o cambia un poco el envase, pero no se te ocurra cambiar las galletas: ¡Estas sí que son buenos galletas!, exclamarían muchos paladares tradicionales.

Un abrazo, Vicente. Un placer conversar contigo.

Anónimo dijo...

Hola.
Algunos comentarios sueltos:
!. Yo nunca he dicho, ni en Teleshakespeare ni en ningún otro texto, que las series sean literatura. Agradecería un poco de rigor en la cita.
2. Si una serie es una obra maestra, lo será de la televisión. Del "arte" ya depende de demasiados criterios y factores, es imposible saberlo. Porque no sabemos qué es el "arte contemporáneo". Ya dependerá de cada cual.
3. Lo que sí sabemos es que El Quijote, desde los criterios de la época, no era gran literatura.
4. Tiene todo el sentido comparar. Compararlo todo. Por supuesto que hay distancias, paradigmas diferentes, pero eso no quita el placer y el interés de la comparación. Boss con Macbeth, por ejemplo, sobre todo teniendo en cuenta que ambos textos, en su momento, fueron sobre todo actuación, representación, performance, populares.
Por ridículo entiendo otras muchas cosas.
Jordi C.
Saludos.