jueves, 4 de junio de 2015

La llanuras, de Gerald Murnane


Las llanuras es el extraordinario relato anticlimático del fracaso de un cineasta que llegó a las llanuras hace veinte años con la intención de hacer una película que fuese capaz revelar ese paisaje a los demás. El narrador cree que de todas las formas de arte «el cine es el único capaz de mostrar los horizontes remotos de los sueños como un paisaje habitable y, al mismo tiempo, convertir paisajes familiares en un escenario indeterminado apto para los sueños.» El héroe de su película «descubriría, en los límites más distantes de su conciencia, unas llanuras inexploradas. Y cuando buscaba en su interior aquello de lo que estaba más seguro, hallaba pocas cosas más inequívocas que las llanuras». Las llanuras aparecen retratadas como un territorio con mil sentidos diferentes que reflejaría la imposibilidad del narrador para comprender lo que realmente son, ya que éstas parecen un misterio en donde lo visible está dentro de la más profunda oscuridad: «una isla bañada por las aguas del infinito océano de lo invisible.» El narrador, a través de sus especulaciones, anotaciones y reflexiones a lo largo de los años, las evoca como un paisaje que se sustrae a la transparencia y, por lo tanto, a la representación. Un punto ciego que, de alguna forma, mantiene despierto el misterio de la visibilidad, «un territorio más allá o más acá de todo lo que había visto». Un misterio de lo visible que consistiría en encontrar el sentido a las llanuras, reduciendo esa brecha insalvable que se abre entre las impresiones y la realidad.

«¿Existe en alguna parte una llanura que pueda representarse con una simple imagen? ¿Qué palabras o qué cámara podrían revelar las llanuras dentro de las llanuras de las que tanto he oído hablar durante estas últimas semanas?» Las dudas que lo asaltan manifiestan la crisis de la representación y del lenguaje a la hora de dar cuenta de ese extraño paisaje o territorio de terratenientes y hacendados esquivos que viven en mansiones enormes y que no han salido nunca de las llanuras. Pero si el paisaje de las llanuras no puede ser comprendido ni filmado, el genio del novelista aparece, como decía Julian Gracq, justamente, en aquello que no puede ser retratado. De manera que el fracaso del cineasta podría ser al mismo tiempo el triunfo de la escritura del escritor australiano Gerald Murnane. Una prosa que rechaza esa servidumbre del estilo informativo y la arbitrariedad de las (malas) novelas que, al parecer, tanto molestaban a Paul Valéry; y que en la obsesión literaria con su tema, el paisaje, cada línea y cada párrafo nos descubren una rara y potente musicalidad de densidad filosófica y una intensidad evocativa propia de la poesía, a la altura, solo, de algunos grandes escritores de la modernidad.

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