miércoles, 8 de abril de 2015

Germanwings: suicidio y asesinato en masa


«En ningún lugar he leído que un piloto o un maquinista decidido a la muerte voluntaria hubiese arrastrado a los pasajeros que les estaban confiados», escribía Jean Améry en su conocida fenomenología del suicido: Levantar la mano sobre uno mismo: discurso sobre la muerte voluntaria (Pre-textos, 1999). Y seguramente, antes del impactante y trágico suceso de Germanwings, muchos hubiésemos suscrito lo mismo. El suicidio, a pesar de sus condenas morales, podía ser una opción individual contra el angustioso sinsentido de la existencia. Este componente de exaltación de la dignidad y de la afirmación del sujeto, convirtió al suicida en una figura tan ejemplar como la del héroe, aunque desde una lógica distinta. Autores románticos como Hölderlin o Kleist contemplaron el suicidio como la única forma de alcanzar lo inalcanzable, un acto de afirmación pleno del sujeto, en donde, en palabras de Rafael Argullol, «la angustia del ser-para-la-muerte se transforma en el ambiguo gozo del morir-para-ser». Pero la razón trágica del suicidio romántico se ha transformado en la trágica razón del (neo)capitalismo. Franco ‘Bifo’ Berardi, en Heroes: Mass Murder and Suicide (Verso, 2015), explicaba que el suicidio hoy poco tiene que ver con el estudiado por Émile Durkheim, al inicio del siglo XX, y mucho menos con el romántico del XIX: «el suicidio ya no es una fenómeno psicopatológico marginal, sino que se está convirtiendo en el mayor agente de historia política de nuestro tiempo, y también un indicador del cambio antropológico».

Si pensamos en los atentados del 11-S o el 11-M, parece claro que las inmolaciones terroristas fueron actos violentos y espectaculares, concebidos desde el más profundo odio a Occidente, encaminados a cambiar la Historia o a poner fin al dichoso fin de la Historia del que hablaban algunos. Pero en el asesinato del piloto de Germanwings no hay ninguna reivindicación ideológica. Ningún motivo que explique por qué alguien con un temperamento depresivo y tendencias suicidas decide estrellar un avión con 150 pasajeros. Si quería suicidarse ¿por qué no lo hizo solo? El acto parece incompresible hasta para los psicólogos y los psiquiatras que intentan encontrar algún tipo de explicación racional a una acción tan inexplicable y terrible en los medios. Pero son justamente estos los que no nos dejan comprender lo que, quizás, esconda el suceso, al responsabilizar, por su situación mental, únicamente al copiloto que estrelló el avión intencionadamente. Para la psicología todos los problemas acaban reducidos a una cuestión de índole meramente individual, privada. En nuestra sociedad, la depresión, pero también la ansiedad o el estrés, se padecen en silencio. Son enfermedades de las que hay que avergonzarse porque reflejarían nuestra debilidad ante las exigencias y las obligaciones de la vida. Así que hay que aprender a falsear y a disimular las emociones de cara a los demás, hasta el punto de que parezcan reales. No es raro, por lo tanto, que los vecinos y los compañeros del copiloto suicida se mostrasen totalmente sorprendidos al conocer su historial médico depresivo: «era una persona alegre y amable, a la que le gustaba el deporte». 

Pocos días antes del accidente, el médico le comunicó a Andreas Lubitz su baja por depresión pero, como tenía que ser presentada por el copiloto a la empresa, ésta nunca no se produjo. En una sociedad tan competitiva como la alemana, que presume siempre del alto rendimiento y el compromiso de sus trabajadores, la decisión sobre la salud mental recae en el propio individuo. De esta manera, la empresa y la sociedad ejercen una fuerte presión indirecta para que el sujeto deprimido se sienta culpable de su situación y no pida la baja médica. La perniciosa cháchara psicológica cumple una función imprescindible en esta autoinculpación, que los neoliberales y las empresas, por supuesto, aceptan encantados, sin valorar las consecuencias que puedan tener para la salud o la seguridad. Pero Berardi señala que para comprender el alarmante aumento del suicidio contemporáneo y los asesinatos en masa hay que dirigir la mirada no tanto hacia el sujeto sino a las precarias situaciones laborales y al asfixiante clima de competitividad que se sufren en muchas empresas. Por desgracia, esta violencia invisible y sistemática de la sociedad capitalista hacia el sujeto puede estallar de forma espectacular y traumática como violencia del sujeto hacia la sociedad, con la muerte de inocentes, y hacia sí mismo, en forma de suicidio, como evidenció perfectamente Jia Zhangke en Un toque de violencia (2013).