martes, 21 de octubre de 2014

La moda de la revolución


Quizás la polémica y comentada pseudomanifestacion feminista que ideó Karl Lagerfel en uno de los últimos desfiles de Chanel no fuese más que un acto irónico que buscaba la provocación para atraer las miradas, al mismo tiempo que intentaba aspirar a captar cierto air du temps. Sería fácil hacer una crítica al desfile de Lagerfel, atacándolo por frivolizar, banalizar o espectacularizar las reivindicaciones y las luchas del feminismo. De manera general, y sin hacer un discurso feminista esquizofrénico, podríamos interpretar el mundo de la moda y la belleza como parte de esa inmemorial superestructura patriarcal de opresión cuya efectividad reside en su propia invisibilidad. Un mecanismo de autocontrol disciplinario de carácter externo que se ha convertido en una estructura interna de autodisciplina después haber sido debidamente interiorizada y naturalizada por todas la mujeres. Sin embargo, como bien señala la experta en relaciones de moda y política, Leticia García: «Las relaciones entre la moda y el feminismo, además de complejas, siempre han sido contradictorias. A lo largo de la historia, muchas mujeres han utilizado la ropa como un arma para expresar sus posicionamientos: ahí están, por ejemplo, los bloomers —aquellos pantalones que portaban Amelia Bloomer y sus seguidoras para reivindicar sus derechos—, las masculinización del atuendo de las garçonnes francesas, o el curioso tándem entre el maquillaje excesivo, el pelo corto y la siluetas sin forma de las flappers de los años veinte.» [1]


Quiero pensar que el diseñador no montó una especie de happening feminista durante su desfile en una calle del Gran Palais con la intención de hacer una banal apología del mismo, sino que ha aprovechado la ola de cierto revival feminista, muy mediático, para apropiarse de una imagen de mujer rebelde. No es la primera vez, ni será la última, que el mercado y la publicidad se apropian de discursos (contra) culturales y sociales como estrategia de venta. La imagen de una mujer inconformista, escéptica y rebelde es el prototipo ideal de consumidor desde los años 60. La colección que presentó Lagerfel estaba claramente influenciada por el espíritu rebelde del mítico Mayo del 68. Algunas de las modelos incluso llevaban bolsos con forma de adoquín (una alusión al manido eslogan: «debajo de los adoquines está la playa»), y además las jóvenes portaban pancartas con diferentes lemas y eslóganes irónicos: «El haz moda y no la guerra», «los chicos deberían quedarse también embarazados». Debemos recordar que la ironía en el ámbito de la publicidad está lejos de presentarse como un recurso que permite superar las contradicciones de la realidad, abriendo, como decía Ademan Zagejawski, brechas provechosas en los muros. Puede que el arte y la poesía reciente retomen cierto modelo shlegeliano de la ironía, pero en el mercado no es más que una estrategia de venta lucrativa destinada a un consumidor profundamente cínico y experto. Y la moda según Guillaume Erner simbolizaría la influencia de la ironía sobre nuestros modos de vida.


El sociólogo francés, en Víctimas de la moda, también señala que: «La moda está separada de la sociedad por una membrana de funcionamiento difícilmente previsible». [2] Y que los diseñadores generalmente prestan poco atención a la actualidad; que se guían antes por la escena cultural que por la situación social. La afirmación no parece confirmarse en este caso pero tampoco en el video de la campaña otoño/invierno 2013/2014 de la firma Cavalli. Un ejemplo de manual de esticismo, rodado en Barcelona, con un marcado aire sixties en los diseños y los peinados. Imágenes de rebeldía (a)política, con discurso incluido, que muestran a guapos modelos en una situación de claro desafío a la autoridad. Innegable alusión al romanticismo político del 68, pero con el trasfondo del clima social de las movilizaciones en España y el resto del mundo (primaveras árabes, movimiento Ocuppy Wal Street, los disturbios en el Reino Unido, las manifestaciones en Grecia…). Sin embargo, a pesar de su evidente esteticismo, la Love Revolution del vídeo de la campaña Cavalli no está muy lejos de la realidad: “El Mayo del 68 no fue tanto una revolución del proletariado como una reacción del deseo” que pondría fin a la utopía romántica. [3] La libertad del amor era la libertad del individuo para escoger. La emancipación amorosa casó bien con la nueva sociedad de consumo. Y hoy, como sabemos, las relaciones amorosas se calcan a las empresariales.

Tanto el happening pseudofeminista de Lagerfeld como el anuncio de la campaña nos remiten a una imagen de rebeldía e inconformismo marcadamente años 60. Fue Gilles Lipovetsky, en su libro El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades modernas, quien catalogó el Mayo del 68 como la primera revolución moda de la historia: «en que lo frívolo prevaleció sobre lo trágico, y donde lo histórico se unió con lo lúdico». El superventas de la sociología señala que la ideología contestataria enarboló el estandarte revolucionario pero con aspiraciones individualistas. No obstante, y aunque pueda parecerlo, las palabras del francés distan de la crítica. Lipovetsky veía el desencanto ideológico como algo positivo. Cuando escribió el libro, el sociólogo pensaba que la frivolidad y la mundanidad de la moda habían sustituido a las ideologías. Y que la apatía y la indiferencia, después del simulacro revolucionario del Mayo, implicarían una superación de los fanatismos ideológicos que amenazaban la democracia.«El autor francés ve en la frivolidad y las extravagancias inofensivas de la moda el caldo de cultivo del espíritu de tolerancia, respeto e individualismo que caracterizarían a la posmodernidad.» [4]. El tiempo ha demostrado que el individualismo y el hedonismo no han conducido a una mayor tolerancia y libertad, sino que han creado un debilitamiento de las estructuras éticas tradicionales dejando un enorme vacío moral en nuestra democracia.

En su recorrido por el Romanticismo y lo romántico, Rüdiger Safranski escribía que el 68 fue más un síntoma que una causa, [5] porque donde hubo verdaderos cambios fue en la familia, el deseo y en el consumo, no en la política. Por este motivo, el filósofo italiano Mario Perniola puede afirmar que el 68 no fue una revolución fallida por la sencilla razón de que no fue una revolución. «Fue un revival revolucionario, el primer hecho histórico que no puede definirse como real.»[6] El 68 no puso fin a la cultura y sus instituciones, sino que les provocó un malestar crónico, que según Perniola consistió en llevar al paroxismo la desrealización de la política y la culturización de la sociedad. Thomas Frank, en su fabuloso ensayo La conquista de lo cool, estudió cómo la contracultura de los años 60 en Estados Unidos sirvió a las grandes empresas para transformar radicalmente los hábitos de los consumidores. El movimiento juvenil y anticomercial se convirtió en el símbolo de la aceleración del capitalismo. «El rebelde era un dechado de virtudes consumistas», señala el crítico cultural. Sin embargo, para Frank los 60 no son solo la patria del inconformismo: «son la plantilla comercial de nuestros días y un prototipo que transforma la alienación y la desesperación en conformismo». [7] Sin duda, tanto el desfile como la campaña responderían de manera evidente a ese modelo. Lo que demuestra que el romanticismo ideológico sigue siendo la mejor estrategia de venta de productos, y que desde el Mayo del 68 el consumidor de ideales y los ideales del consumidor a veces parecen las dos caras de la misma moneda.

[1] Garcia, Leticia: “Las femen de Chanel: la lucha de las mujeres se convierte en tendencia de lujo,” en Playground, 1 de octubre de 2014, http://www.playgroundmag.net/articulos/columnas/moda-feminismo-chanel_0_1400259961.html
[2] Erner, Gillaume: Víctimas de la moda: Cómo se crea, por qué la seguimos. Barcelona: Gustavo Gilli, 2005.
[3] Bruckner, Pascal: La paradoja del amor: una reflexión actual sobre las pasiones. Tusquets, Barcelona, 2011, p. 31.
[4] Alonso, Luis E. y Rodríguez, Carlos J. F.: Los discursos del presente. Un análisis de los imaginarios sociales contemporáneos. Madrid: Siglo XXI, 2013, p.199.
[5] Safranski, Rüdiger: Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán. Barcelona: Tusquets, 2009.
[6] Perniola, Mario: La sociedad de los simulacros. Buenos Aires: Amorrortu, 2011, p. 15-19.
[7]. Frank, Thomas: La conquista de lo cool: El negocio de la cultura y la contracultura y el nacimiento del consumo moderno. Barcelona: Alpha Decay, 2011, p. 376.