sábado, 26 de octubre de 2013

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski

La casa de hojas es una casa hecha de hojas.


Hace casi un año las editoriales Pálido Fuego y Alpha Decay anunciaban que se unían para publicar la opera prima del escritor neoyorquino Mark Z. Danielewski, La casa de hojas. 13 años hemos tenido que esperar para que alguna editorial se atreviese a publicar en castellano la obra literaria más fascinante y asombrosa de la pasada década. Una novela que desde su primera aparición en el año 2000 ha ido ganando adeptos hasta convertirse en una verdadera obra de culto al estilo El arcoíris de la gravedad (Thomas Pynchon, 1976)El escritor Vicente Luis Mora afirmaba en su último ensayo que si la novela contemporánea, que él denomina pangéica, tiene un Quijote, ese libro es La casa de hojas. Un artefacto literario de 700 páginas muy complejo y denso, pero altamente adictivo y entretenido que resiste cualquier tipo de clasificación previa y desafía todas nuestras expectativas como lectores. Mark C. Taylor, por ejemplo, se preguntaba si podemos calificar como novela a un libro que trae desde su propio análisis y comentario hasta apéndices, ilustraciones, poemas y un índex. Una obra que catapultó la novela hacia unos niveles artísticos, narrativos y visuales que muy pocos éramos capaces de imaginar. La casa de hojas es una enorme y brillante novela hipertextual que nos habla de cómo leemos en nuestra época digital, al mismo tiempo que se presenta como un libro impreso autoconsciente de su propia materialidad y orgulloso de su condición analógica. Pero también una obra que parece haber sido creada y confeccionada como un intento de respuesta a la pregunta: ¿Qué papel puede jugar el libro y la novela en un mundo cada vez más digital y visual, donde la imagen ha perdido su compromiso con la realidad y ha desaparecido la vieja alianza entre tecnología y verdad?

Con todo, La casa de hojas es mucho más que una simple novela experimental. Como afirma su autor, es lo que viene después de los experimentos. Si Danielewski señala esto, es porque los elementos formales más llamativos de la novela, como pueden ser el elaborado diseño de las páginas (leemos en diagonal, ventanas con texto...) y los distintos tratamientos tipográficos (diferentes fuentes o palabras en color), no están sólo como simples “juegos” formales sino que han sido creados con una funcionalidad temática y narrativa. Existe una total correspondencia y vinculación entre el cómo se cuenta y el qué se cuenta. Por ejemplo, cuando algunos miembros de la expedición se pierden en el interminable laberinto de la casa, el texto adquiere una estructura visualmente enrevesada; cuando Navidson camina por un pasillo que se hace cada vez más y más pequeño, hasta obligarlo a reptar por el suelo, el texto también parece encogerse y en cada página apenas aparecen un par de líneas con unas pocas palabras. La teórica norteamericana Katherine Hayles, que ha escrito extensamente sobre este libro, apuntaba que aunque ninguna de las técnicas y las dinámicas que usa La casa de hojas sea verdaderamente original, muestra el mismo apetito omnívoro de un ordenador a la hora “devorar” a otros medios. Esta remediación de procedimientos y medios no literarios es, sin duda, uno de los elementos clave y fundamentales de la novela. Mark Danielewski explica que muchos de los experimentos visuales de la novela están influenciados por la gramática cinematográfica y la teoría fílmica (cursó estudios de doctorado en la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad del sur de California y su padre fue director de cine). Sobre los experimentos tipográficos del libro, debido a su carácter hipertextual y su diseño, el autor, en la entrevista con el crítico Larry MacCffery, cita el Talmud y a John Cage como referencias. Sin embargo, con la obra con que más similitudes formales guarda es con la mítica novela experimental de Jacques Derrida, Glass (1974). El norteamericano utiliza el mismo método de texto bifurcado y con distintas voces que usaba en esta obra el filósofo francés (Danielewski, además, participó como ayudante en un documental sobre Jacques Derrida).


La casa de hojas 



Glass




















El elemento narrativo principal de La casa de hojas es El expediente Navidson, una especie de película amateur que el periodista fotográfico Will Navidson (ganador de un premio Pulitzer con una fotografía de una niña sudanesa famélica a punto de ser devorada por un buitre) filmó para documentar y registrar la nueva vida que su mujer Karen Green y sus dos hijos habían decidido comenzar el día que se mudaron a su nueva casa de Ash Tree Lane en Virginia. Como en la primera temporada de la serie American Story Horror, la mudanza y el cambio de hogar es la forma escogida por Will Navidson y su compañera Karen para intentar enterrar sus problemas conyugales. El nuevo hogar, lejos de ser el espacio acogedor y familiar que todos esperaban, se acaba presentando como su más temible reverso freudiano: un lugar siniestro y extraño que desafía todas las leyes físicas y racionales: el interior de la nueva casa de los Navidson es más grande que su exterior. Por mucho que Will Navidson y su hermano Tom midan la casa utilizando herramientas cada vez más sofisticadas y precisas la diferencia entre las medidas no hará más que incrementarse. Un hecho que, como bien decía Vicente Luis Mora, es extensible al propio libro: “La casa de hojas es una novela donde su contenido no coincide con su continente: su texto puede ser mucho mayor o mucho menor de lo que indica su número de páginas, según sea la respuesta que demos a qué y cómo es legible”. Pero la nueva casa de los Navidson también es un espacio de cualidades físicas y metafísicas al mismo tiempo. El infinito interior de la casa parece una extraña representación del infierno de Dante, el inconsciente de Freud, la nada de Heidegger o el laberinto de Minos. Cualquier intento de racionalización de su contenido, explicación de sus extrañas propiedades o análisis científico de sus materiales estará destinado al fracaso. La casa es un oscuro agujero negro para el que no hay explicación posible. La casa de hojas utiliza muchas convenciones del género de terror. Pero el miedo que nos produce no procede de extrañas criaturas o acontecimientos sangrientos. Lo que asusta es la incapacidad para encontrar una explicación lógica a su contenido y a la malformación de su estructura. La obsesión de Will Navidson por encontrar un significado al laberinto del interior de su casa es una aventura solo comparable a la relatada por Joseph Conrad en El corazón de las tienieblas.

Sin embargo, nuestro conocimiento de El expediente Navidson procede de un manuscrito de un viejo, solitario y misterioso, de nombre Zampanò, que un muchacho veinteañero, ayudante en una tienda de tatuajes, Johnny Truant, ha encontrado en su casa, en una caja, después de que el hombre haya fallecido en extrañas circunstancias. Truant se encarga de arreglar y ordenar los documentos, muchas veces ilegibles e impenetrables, escritos por Zampanò durante años, para enviarlos posteriormente a unos anónimos “Editores” y que éstos los publiquen. Pero Truant, lejos de hacer el mero papel de simple primer editor y corrector del manuscrito, prologa y realiza sus propios comentarios y modificaciones al ensayo monográfico sobre la película de los Navidson cuyo autor es el misterioso Zampanò (La técnica literaria que utiliza Danielewski se asemeja a la empleada por Vladimir Nabokov en Pálido Fuego). Estas anotaciones que realiza Johnny Truant aparecen como notas a pie de página en una tipografía diferente a la del texto principal. Como vemos, las capas y niveles narrativos de la novela son muchos. Y todavía hay más. La película sobre la que escribe Zampanò no existe. Truant señala en la introducción que él descubrió rápidamente que todo el trabajo al que dedicó toda su vida ese hombre giraba en torno a un film inexistente: “No importa cuánto tiempo la busques,  nunca encontrarás El expediente Navidson”. Además, un número elevado de las citas y las referencias bibliográficas que usa Zampanò en su ensayo, y que aparecen también a pie de página, son inventadas. Así que La casa de hojas es un ensayo sobre una película que no existe, escrito por un hombre que tiene nombre feliniano y que para colmo era más ciego que un murciélago, y que está comentado por un chaval de veintitantos años que trabaja como ayudante de un tatuador en Los Ángeles, que le gusta salir de fiesta todas las noches y tiene una madre ingresada en un psiquiátrico. En las notas a pie de página, Truant nos cuenta anécdotas de una existencia vacía y sin sentido pero abundante en todo tipo de excesos nocturnos. Pero será por medio de estos comentarios, y la estrecha relación que establecerá con los papeles de Zampanò, que Truant podrá acceder y hacer frente a lo que estaba reprimido y oculto en el interior del laberinto de su memoria. Así que, a las remediaciones estéticas que aludíamos al principio, hay que sumar las mediaciones narrativas que cada uno de los participantes de la novela efectúa sobre el contenido. Zampanò escribe sobre la película de Navidson, Truant sobre el comentario de Zampanò y los misteriosos editores se encargan publicarlo. Después de tantas mediaciones, y con un comentador tan inestable, es normal que la duda y el escepticismo se instalen en lector: resulta imposible que podamos seguir creyendo en las viejas nociones de autoridad y autenticidad.

Johnny Truant, a medida que va leyendo el manuscrito de Zampanò, dice sentirse profundamente influenciado por él: “hay algún tipo de conexión entre el estado de mi mente y El expediente Navidson”. Truant, como Navidson y Zampanó, acaba atrapado dentro de un laberinto que esconde una minotauro en su interior. Toda La casa de hojas está recorrida por la presencia latente de una bestia que amenaza con engullir a los protagonistas. Como explicaba Katherine Hayles, la bestia en la novela, así como la casa, “habita en la zona fronteriza de lo metafórico  y lo literal, de lo imaginario y lo real”. Al lado del cuerpo de Zampanò, como su amigo Lude le había contado, Truant encuentra en el suelo de madera unos extraños arañazos hechos por algo que “ninguno de nosotros puede llegar a imaginar”. Así mismo, en El expediente Navidson todos los miembros de las diferentes expediciones al oscuro e infinito corredor de la casa dicen oír unos espantosos rugidos. El capítulo XIII se titula El Minotauro. Así, tachado y en rojo. Toda la información de las notas que aluden a esta figura mitológica aparecen de esta manera. Truant explica que Zampanò ha intentado erradicar sistemáticamente el tema del Minotauro a lo largo de todo El expediente Navidson. El tropo de la bestia alegorizaría el intento de represión de los miedos y los traumas que se esconden en el laberinto personal de cada uno. 

La casa de hojas es un fascinante laberinto psicológico y físico pero también narrativo y textual en el que todos parecen atrapados (incluidos los lectores). En el capítulo IX, Zampanò hace un detallado análisis de la figura del laberinto, desde su origen semántico hasta su mito más conocido. La nueva casa de Navidson se presenta como un inconcebible y siniestro laberinto de Minos. Los que se adentran en ella lo hacen equipados como si fuesen a realizar el viaje más peligroso y largo de sus vidas. Inútil empresa. No importa que lleven kilómetros de hilo de pesca y luces fluorescente para señalar el camino de vuelta o que vayan cargados con provisiones y alimentos para semanas, la casa cambia a cada minuto. Zampanò escribe que desde el inicio de la película “nosotros estamos envueltos en un laberinto” moviéndonos de un rollo de celuloide al siguiente, de un plano a otro, tratando de encontrar un sentido, una solución o un centro pero solo descubrimos otra secuencia que nos lleva en otra dirección completamente distinta. Cada personaje intenta desentrañar la red en la que está atrapado. Navidson explicar el origen y el significado del laberinto de su propia casa; Zampano entender la película de Navidson; Truant buscar sentido al manuscrito de Zampanò y comprender la influencia que ejerce sobre él. De manera que cada uno deberá buscar el hilo de Ariadna que le permita salir de la oscuridad en la que se encuentra atrapado. Y a los lectores, a quienes se nos suponía la astucia de Ícaro, no nos queda otra que perdernos en el interior de una casa hecha de hojas para comprender, una vez consumadas todas ellas, que el acceso al oscuro interior de lo real sólo es posible a través de la imaginación, la interpretación y la lectura. De ahí que Mark B. Hansen afirme que si hay un verdadero protagonista en la novela, quizás ése sea el acto de leer o incluso el lector en sí mismo. 

Pero La casa de hojas no es uno de esos solipistas ejercicios de metanarrativa literaria que David Foster Wallace había parodiado brillantemente en su cuento “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa”. Tampoco se trata, como en Providence (1977) de Alain Resnais, de un ejercicio de metaficción que cuando acaba descubrimos que todo cuanto hemos leído y visto se encuentra en la mente de un loco. Cierto que Danielewski es muy autoconsciente de lo que ha hecho, hasta el punto de señalar que todavía no ha oído una interpretación del libro que él no hubiese anticipado. La casa de hojas es una ficción de una ficción, un comentario de un comentario, un libro dentro de un libro, sí, pero es mucho más que eso. De la misma manera que utiliza los moldes genéricos de terror, Danielewski se sirve de las estrategias metaficcionales y las acaba desestabilizando. La compleja mise-en-abyme de La casa de hojas provoca que la figura del autor se diluya y sea imposible aseverar quién demonios lo ha escrito. Las fronteras entre lo real y lo imaginario, el original y la copia, desaparecen, y cualquier esfuerzo por separarlos resulta completamente inútil. No obstante, Truant ya nos advierte al inicio que “lo irónico es que no importa que el documental que está en el corazón de este libro sea ficción. Zampanò sabía desde el inicio que lo que es real o no es real no importa aquí. Las consecuencias son las mismas.” La casa de hojas nos enseña que ante la falta o la ausencia de una verdad primigenia y un original (imposible si se tiene en cuenta que la película de El Expediente Navidson no existe y lo que sabemos de ella procede de lo que ha escrito un ciego) solo las ficciones y la imaginación, como apuntaba Slavoj Žižek, nos permiten estructurar nuestra experiencia de lo real.


Hansen, Mark B.N (2004): "The Digital Topography of Mark Z. Danielewski's House of Leaves" en Contemporary Literature, (Winter) Vol 45, Nº 4, pp. 597-636.
Hayles, N. Katherine (2002): “Inhabiting House of Leaves” en Writing Machine. Cambridge and London: The MIT Press, pp. 108-132.
MacCaffery, Larry and Gregory, Sinda (2003): “Haunted House-An Interview with Mark Z. Danielewski” en Critique: Studies in Contemporary Ficction (Winter) Vol.44, Nº 2, pp. 99-135.
Mora, Vicente Luis (2012): El lectoespectador: deslizamientos entre literatura e imagen. Barcelona: Seix Barral.
Taylor, Marc C. (2013): Rewiring the Real: In Conversation with William Gaddis, Richard Powers, Mark Danielewski, and Don DeLillo. New York: Columbia University Press.

1 comentario :

mlriudoms dijo...

Tu reseña es impecable y muy útil. ¡Muchas gracias!