miércoles, 18 de septiembre de 2013

Sobre la obra paisajística de Lois Patiño.


Alguien tiene que decirlo: una buena parte del cine paisajístico contemplativo u observacional es estéticamente romántico, tópicamente antimoderno y teóricamente erróneo. La obra de Lois Patiño, influenciada por nombres asociados a esta corriente (Peter Hutton, James Benning o Sharon Lockhart), peca también de las tres cosas. Romanticismo. Lois Patiño señala que la pintura romántica ha sido determinante a la hora de mostrar la relación entre el paisaje y el hombre en algunas de sus obras. En casi todas ellas, Patiño utiliza el contraste de tamaños entre espacios bastos y enormes y figuras humanas diminutas en él. Sus influencias resultan excesivamente evidentes y marcadas en Na vibración (2012) y En el movimiento del Paisaje (2012): en esta última, por ejemplo, se nos muestran imágenes de pequeñas figuras humanas de espaldas frente a grandes paisajes, unas composiciones muy pictóricas que nos remiten de manera inmediata a la obra de Caspar David Friederich. Como en los cuadros más conocidos de la obra del pintor, los espectadores nos encontramos ante la contemplación de una contemplación. La composición de las imágenes de Patiño sigue la misma estructura iconográfica que las del pintor romántico: la superposición de dos planos sucesivos formados por las abstraídas y solitarias figuras humanas y “las coordenadas de un espacio que se aleja hacia la infinitud” (1). El propio Lois Patiño confirma que “es esta relación entre el paisaje de inmensidad y el hombre solitario la que el proyecto investiga”. Justamente esto era lo que Friederich quería transmitir con aquel pequeño monje frente al mar: la minimización que el hombre sufre frente a la inmensidad de la Naturaleza, la tensión entre una “pareja humana y un fondo infinito” [Imágenes 1 y 2]. En ese sentido, podríamos situar En el movimiento del Paisaje a medio camino entre Gerry (Gus Van Sant, 2002) y El Cant del Ocells (Albert Serra, 2008).

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