miércoles, 31 de julio de 2013

El crítico como alegorista: algunas cosas sobre Ted (2012), de Seth MacFarlene


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Al final de su crítica sobre Ted, Carlos Losilla afirmaba que la película "está hablando, una vez más de la gran reconciliación nacional americana, esta vez a través de un pacto entre la realidad y el ideal."[1] Esta contundente y profunda conclusión a la que llega Losilla resulta cuanto menos chocante después ver una película tan ligera y humorística como Ted. El crítico veía en la ópera prima de Seth MacFarlane una especie de intrahistoria post 11-S, "de psicoanálisis de sus fantasías y temores, y de la búsqueda de una conciliación entre las turbulencias del pasado y los cambios del presente". Ted, el oso de peluche guarroso y marihuanero, inseparable amigo de John desde la infancia, tendría para el crítico "una condición siniestra en el sentido freudiano, el pasado de un hombre y de una cultura que regresa". Vale que la película es de Seth MacFarlane, y que Padre de Familia y Padre made in Usa tienen cierta carga de sátira política, pero en Ted no encontramos nada de eso. El error de Carlos Losilla, por desgracia, es uno de lo más frecuentes en la crítica de cine y de arte: creer que detrás de las imágenes que se muestran, se esconden mensajes profundos y contenidos ocultos. Esta visión se sustenta, a parte de en una desconfianza en las superficies y en las imágenes, en la idea de que la película o la obra presenta una cierta incompletud y opacidad de significado, y la función del crítico sería hacerla aflorar. A esto habría que sumarle esa metáfora tan difundida y popular en el cine como es la del creador como contrabandista. De ella daba buena cuenta Eloy Fernández Porta: "Para presentar una obra sustancial en una era superficial, el artista consciente de las condiciones de su tiempo se ve obligado a usar envoltorios ligeros para presentar contenidos profundos." [2] El resultado sería que todas las películas, debajo de su (aparente) banal superficie, esconden, o contenidos subversivos o profundos mensajes. A esto Eloy Fernández Porta, con la inteligencia y el humor que le caracterizan, lo denominaba Bombón de Licor: "Uno de los discursos publicitarios más efectivos del mercado", decía. Si el Bombon de Licor venía con la garantía de Walter Benjamin se debe a que su existencia solo es posible bajo una cierta mirada alegórica. Si cada cosa puede significar otra cualquiera, una película de humor que toca de nuevo, y literalmente, el gran tema de la nueva comedia norteamericana - es decir el de la dificultad para madurar y entrar en la vida adulta de un hombre de 35 años, pero con la peculiaridad de que su mejor amigo es un mono Teddy Bear que habla, fuma porros y organiza fiestas con putas en casa-, entonces Ted puede estar hablando, de manera figurada, de la gran reconciliación nacional americana. No obstante, conviene recordar las palabras del crítico de arte Craig Owens [3] cuando señalaba que la alegoría no restablece un significado que ha quedado oculto, lo que hace es añadir otro. El significado alegórico suplanta a otro significado que lo antecede. De ahí que alegorista no inventa imágenes, las confisca. Alberto Santamaría, en un texto sin duda influido por el de Owens, escribía recientemente que el (crítico) alegorista desactiva la posibilidad de ver las películas o las series como entretenimiento, haciendo de ellos un producto maleable (un tercer lenguaje): "inservible más allá de determinados juegos malabares con los que pretende situar lo estudiado en su propio recinto de pensamiento". [4] (Y el que haya leído alguna vez a Carlos Losilla sabe de sobra que es uno de los mejores críticos alegorista de este país).



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Lo que hace que Ted merezca (algo) la pena no es la explotada temática de "las luces y sombras de Nunca Jamas" sino el oso de peluche fiestero, putero y toxicómano. Pero no porque el Teddy Bear represente el pasado de un hombre y la cultura que regresa de manera siniestra, ni la mentalidad norteamericana ni otras tonterías por el estilo, sino porque ver al osito de peluche haciendo el gamberro es muy gracioso, así de simple (yo, al menos, con el oso me "descojono", qué le voy hacer). Seth MacFarlene, a través de la antropoformización de un oso de peluche, logra un contraste entre su aspecto tierno y mono (la estética) y sus modales descarados y guarretes (el contenido).Ted luce como el osito Winnie de Poo, pero se comporta como un adolescente algo descerebrado con ganas locas de pasárselo bien. No hay duda de que este mecanismo humorístico que busca producir un desajuste entre la apariencia del sujeto (o cosa) y su comportamiento es de manual básico de cómico, lo que no es óbice para que Seth MacFarlene tome un decisión inteligente cuando decide antropoformizar a un Teddy Bear de esa manera. Aunque ya había utilizado este recurso para crear a Brian, el perro de Padre de Familia, y a Klaus Heißler-Smith, el pez de Padre made in Usa, el aspecto de estos dos animales ya delataban de antemano comportamientos poco acordes con su condición y aspecto (Brian anda a dos patas y Klaus parece siempre enfadado en su pequeña pecera). Ted, sin embargo, mantiene su aspecto mono y tierno en todo momento. Sianne Ngai, en Our Aesthetic Categories, hablaba de lo mono (Cute)- junto con lo interesante (Intresting) y lo alocado (Zany)- como una categoría estética que aunque informal, trivial y marginal dentro de la teoría estética nos ayuda a entender nuestra experiencia estética en una sociedad hipercapitalista. La ternura (Cuteness) de ciertos objetos provoca una intensificación de la lógica fantasmática de la mercancía, pero también es un modo de revisarla añadiendo otra capa de fantasía. Una estética donde el objeto no sólo se imagina como un ser animado. La ternura invita y anima al sujeto (estético) para que toque el objeto físicamente, al mismo tiempo que intenta recubrir su verdadera utilidad; sería entonces como "un tipo de fetichismo consumista redoblado".[5] (Por favor, que nadie piense que estoy proponiendo con esto, ni mucho menos, una lectura en clave marxista de la película, aunque no debemos olvidar que Ted es un regalo que los padres de John le hacen a éste cuando tenía 8 años, por lo tanto es evidente su carácter inicial de mercancía).

El objeto mono y tierno se presenta al mismo tiempo como vulnerable y dependiente. Daniel Harris [6] señala que el objeto mono exagera su pasividad y debilidad excitando el deseo de posesión y el sadismo del consumidor. Ese deseo de posesión se manifiesta de una manera evidente en los personajes del padre e hijo tarados que persiguen a Ted hasta secuestrarlo;  y el acto de sadismo se materializa cuando el niño, amigo de Seth, el torturador de juguetes de Toy Story 1, arranque una de las orejas del pobre Ted en su cuarto.



El aspecto de indefensión del tierno Teddy Bear provoca que John se sienta responsable de su protección y cuidado. Aunque se encuentre trabajando, John es incapaz de decirle que no a Ted cuando éste lo llama para fumar hierba y ver unos capítulos del Capitán Trueno. Ngai señala que el producto mono y tierno debido a todo su pathos de indefensión y debilidad es capaz de hacer exigencias y demandas sorprendentemente fuertes e influyentes. Y es justamente la influencia que Ted tiene sobre John lo que su novia Loris quiere cortar en un primer momento: o yo o el oso de peluche, elige. Quizás Ted podría entrar dentro de la categoría de amable del fetiche que Eloy Fernandez Porta denomina como blobojetos: "un objeto para toda la vida, vinculante y emotivo: un síntoma de la necesidad de externalizar las prácticas y los deseos." [7] ¿Si no, por qué razón lo acaba resucitando Loris?




[1] Losilla, Carlos (2012): "Lo siniestro. Ted de Seth MacFarlane" en Caiman Cuadernos de Cine, Nº 8 (septiembre), p. 42.
[2] Porta Fernández Eloy (2008): Homo Sampler: Tiempo y consumo en la Era Afterpop. Barcelona: Anagrama, pp. 337-338.
[3] Owens, Craig (2001)[1980]:  "El impulso alegórico: Contribuciones a un teoría de la posmodernidad" en Brian Willis (ed.) El arte después de la modernidad: Nuevos planteamientos en torno a la representación. Akal: Madrid.
[4] Santamaría, Alberto (2013): "Crítica en serie. La teoría de la doble h y el disfraz alegórico" en Alberto Santamaría, 2 de mayo de 2013, http://albertosantamaria.blogspot.com.es/2013/05/critica-en-serie-la-teoria-de-la-doble.html
[5] Ngai, Sianne (2012): Our Aesthetic Categories: zany, cute, interesting. Cambridge: Harvard Univerity Press, pp. 62-63.
[6] Citado en Ngai, Sianne, p. 67.
[7] Porta Fernández, Eloy (2012): Emociónese así: Anatomia de la alegría (con publicidad encubierta). Barcelona: Anagrama, p. 170.

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