martes, 16 de octubre de 2012

Mason y Dixon; Thomas Pynchon




Historia y contrahistoria de la colonización ilustrada.
Si por algo destaca Thomas Pynchon es por su desbordante capacidad e ingenio para crear discursos alternativos a la plúmbea historia oficial. Frente al conocimiento positivista del que hace gala la historiografía, él crea una historia alejada del triunfalismo de los discursos oficiales. Como apuntaba el escritor Juan Francisco Ferré: "los fundamentos arqueológicos de la novela histórica al uso, tiranizada por la estrechez del archivo y el peso muerto de la verosimilitud, son burlados por el arte narrativo de Pynchon con el fin de escribir una genealogía fantásticas de la era contemporánea"[1]. Pynchon es el gran historiador apócrifo de nuestro tiempo que rechaza cualquier conocimiento científico del pasado porque sabe que detrás de la historia se arriendan intereses ocultos. La fantasía, la imaginación y los sentimientos cuentan tanto o más que nuestras pobres y frías cronologías. Lo fáctico y lo histórico esconden siempre otra realidad. De ahí que Nietzsche escribiese que el pasado está siempre por descubrir. Lo oculto de la historia es la sangre, la tortura y el dolor. Pynchon nos muestra la Historia como una escandalosa mesa de sacrificios, pero sin el aburrido dogmatismo y la seriedad de los relatos oficiales; la sátira, la bufonada, el pastiche genérico son recursos que, aunque muy alejados de la novela histórica, Pynchon utiliza con maestría, y que lejos de sugerir una superficialidad o frivolidad posmoderna, consiguen desmitificar y subvertir todas las certidumbres del discurso historiográfico oficial. Con la metodología histórica pynchoniana: "Salen a la superficie, como temática fundamental de la historia, todos esos procesos oscuros que actúan en el nivel de los grupos que se enfrentan por debajo del Estado y a través de las leyes. Es la historia oscura de las alianzas, de las rivalidades entre grupos, de los intereses escondidos o traicionados; la historia de las distracciones del derecho, de los desplazamientos de las fortunas; la historia de las fidelidades y las traiciones; la historia de los derroches, de las exacciones, de las deudas, de los engaños, de los olvidos, de las inconsciencias. Se trata, por otra parte, de un saber cuyo método no consistirá en la reactivación ritual de los actos fundamentales del poder, sino en un desciframiento sistemático de sus intenciones malignas, en la rememoración de todo lo que ésta sistemáticamente ha olvidado. Será un método de denuncia perpetua de lo que ha sido el mal en la historia. No se tratará ya de la historia gloriosa del poder, sino de la historia de sus bajos fondos, de sus maldades, de sustracciones". [2] 


 —Hombre, basta examinar las pruebas — insiste el tío Ives—. El testimonio, toda la verdad
—¡Al contrario! Es posible que el historiador tenga el deber de buscar la verdad, pero aún así debe hacer cuanto esté en su mano para no decirla—¡ Bah![...]—¿ Cómo? ¡Buscar la verdad y no decirla! Vergonzoso— Esto es extraordinario ¿Cosas que no pueden decirse?¿No estábamos hartos de eso, por culpa del rey Jorge?—Precisamente. Quien proclama la verdad, la pierde. La historia se arrienda, o se constriñe, solamente por unos intereses que siempre resultan ser ruines. Es demasiado inocente para dejarla al alcance de cualquiera que ostente el poder; apenas el poder le toque, el crédito de la historia se desvanecerá al instante, si es que alguna vez lo ha tenido. Más bien necesita que la atiendan amorosa y honorablemente fabuladores y falsificadores, vendedores de baladas y chiflados de todo pelaje, maestros del disfraz que le proporcionen el traje, el tocado y el porte, y un discurso lo bastante ágil para mantenerla alejada de los deseos (incluso de la curiosidad) del gobierno. De la misma manera que Esopo se obligado a contar fábulas (p. 438-439)
En este diálogo, el Reverendo Winacks Cherrycoke expone de manera clara "el concepto de historia" que Thomas Pynchon mantiene en su monumental y extraordinaria Maxon y Dixon. La novela se sitúa a mediados-finales del siglo XVIII, y narra las aventuras y los viajes de dos personajes históricos: el melancólico astrónomo Charles Mason y el jubiloso topógrafo Jeremiah Dixon. Pero Pynchon rehúye contarnos un relato realista de la historia de esta singular pareja. La narración de sus aventuras procede de la boca y de la memoria del Reverendo Wicks Cherrycoke, que le contará la historia a sus sobrinos, amigos y familiares en las Pascuas de 1786 en Filadelfia, ante la petición de uno de los niños: ¿Por qué nunca nos has contado ninguna historia de América?

Así que Pynchon delega en un segundo la función de narrador. Cherrycoke desde el comienzo se define como "un rememorador poco fiable"; un narrador que no aspira a contar un relato real aunque muchos de sus personajes y hechos sí lo sean. Por eso, en el relato del reverendo aparecen desde un perro que habla, una pata robot enamorada de un cocinero francés, lombrices gigantes... La ficción contamina la realidad constantemente haciendo imposible discernir qué corresponde a cada cosa. Pero, aunque el reverendo Cherrycoke pueda ser el sujeto primordial del que procede la narración, Pynchon hace que la historia la recojan otros narradores extra-diegéticos. Una variedad de voces y textos interactúan, pero también chocan, a lo largo de la novela. Esta heterogeneidad diegética y formal, rechaza cualquier idea de autoridad y certidumbre histórica, y acentúa su apariencia de construcción. Pynchon incorpora estilos y materiales propios del siglo XX a una novela del XVIII, porque quizás, como apuntaba Jameson, "estamos condenados a partir en busca de la Historia mediante nuestras imágenes pop y simulacros de la historia"[2]. Mason y Dixon parecen muchas veces un dúo cómico al estilo Lauren y Hardy que están dentro de una slaptstick. La novela está plagada de momentos y situaciones desternillantes: George Washington fumando hierba, la búsqueda del amor del pato autómata de Vaucauso...

Toda la novela de Mason y Dixon es una brillante cachetada contra los grandes relatos de la historia oficial y la idea de progreso que siempre llevan aparejada. La historia, para Pynchon, lejos de ser un relato clausurado es en un texto que hay que reelaborar. De ahí que no dude en introducir constantes anacronismos a lo largo de la novela; justamente para, en palabras Didi Huberman, "negar ese estatuto de relato cerrado de la Historia"`[3]. La creación de la pizza, la presencia de la práctica del Fen Shui.... no son simples guiños o bromas que Thomas Pynchon disemina por el libro; gracias a ellos se crea una vinculación y unión entre el siglo XVIII y el XX que destruye la idea la historia como relato cronológico, lineal y homogéneo, estructurado conforme al antes y al después. Era esta concepción histórica la que, según Giorgio Agamben, impidía el acceso a la historicidad auténtica [4]. Pynchon-Cherrycoke rechazan identificar, como desgraciadamente la historia nos tiene acostumbrados, los hechos con la realidad: "Los hechos son juguetes con que se distraen los abogado, son peonzas y aros girando... Por desgracia, el historiador no puede abandonarse a semejante rotación ociosa" (438), escribe el Reverendo en una de sus obras. Thomas Pynchon sabe que detrás de la pretensión de mostrar las cosas como han sido, se encuentra uno de los narcóticos más potentes de todos los siglos (Benjamin). La historia es siempre más que lo que ha ocurrido.

Reyes Mate decía que la historia cuenta lo que hay, "lo que queda, partiendo del supuesto de que la realidad, mal que nos pese, es lo que ha quedado y no lo que pudo ser si lo que quedó en el camino no hubiera llegado hasta nosotros". Por contra la memoria— continúa Mates— "se niega a tomar lo que hay por la realidad. De esta realidad presente o aparente forma también parte lo ausente . La memoria es capaz de ver ese hueco como parte de la realidad y esa visión lleva una valoración muy diferente de la realidad que ha llegado a ser"[4]. La memoria estaría relacionado con los vencidos, con los oprimidos, con aquéllos a los que la historia pasó por encima, considerándolos meros obstáculos de la imparable rueda del progreso. Cuando Mason y Dixon se encuentran en la ciudad de El Cabo como huéspedes de la familia Vroom, Mason será el objetivo de una intriga sexual que pretende unirlo con una de las sirvientas de la casa. Pero, como explica el narrador, detrás de ese enredo, lo esencial no es el deseo sino la esclavitud.
Persiste una obsesión, indiferente a la visibilidad del cielo [...]. Es una obsesión o un asedio de algo mucho más viejo que cualquiera de los habitantes de esta casa, una injusticia que nada podrá redimir. Los hombres razonables definirían un fantasma como algo que no es más ultramundano que un agravio sin reparar, algo que como espíritu inquieto, no puede seguir adelante (y que necesita de una ayuda que normalmente no podemos darle) y que tampoco encuentra siempre a aquellos a quienes necesita ver o aquellos a quienes necesitan verlo. Pero éste es una fantasma colectivo que supera la escala doméstica: los agravios, tanto pequeños como grandes, cometidos a diario contra los esclavos y de los que no queda constancia, convertidos como por ensalmo en invisibles para la historia, invisibles poseedores de masa y velocidad, capaces no sólo de arrastrar cadenas sino también de romperlas. (93-94)
Este fantasma recorre toda la novela. Pynchon y el reverendo Cherrycoke, como si fuesen dos historiadores benjaminianos, cepillan "la historia a contrapelo" para dar cuenta del sufrimiento de los oprimidos, porque "elaborar el pasado es tener en cuenta esos espectros que se quedaron sin existencia". Mason y Dixon está consagrada al sufrimiento de esos sin nombre. 
Cuando el garfio de la noche se halla bien afianzado, y cuando los muchachos están por fin profundamente sumidos en sus sueños, empiezan a moverse por la habitación, lentamente, los criados negros, los pobres indios, los fugitivos, los marineros chinos, los que no caben en el manicomio, todos los malditos de Filadelfía, como si algo del exterior [...] les hubiera llevado al extremo de buscar refugio. Traen sus cicatrices, sus mejillas picadas de viruelas, sus problemas y sus pérdidas, sus ojos febriles, su orgullosa pertenencia a una multitud que aún ha de organizarse (p. 940) .
Cuando Mason y Dixon terminen de realizar su trabajo en América, Dixon se percata de que el elemento común que mantienen todos los lugares a los que han sido enviados son los esclavos. La Europa ilustrada de la que proceden estos dos personajes se vanagloria de que la esclavitud es cosa de países atrasados, al mismo tiempo que mantiene colonias a lo largo y ancho del globo. "Los esclavos nos servían y nosotros no poníamos la menor objeción, como tampoco lo hemos hecho aquí, en ciertas casas al sur de la línea" (p. 860), dice Dixon. En sus viajes por las colonias británicas, Mason y Dixon se van haciendo conscientes de la situación de los otros a los que se les niega su presencia en la historia. Los esclavos, en la novela, son como una negación de los intereses de los europeos. Son, como escribía Thomas Pynchon en El arco iris de la gravedad, "una verdad tan tremenda que la historia no reconocerá." Toda la aventura americana de esta pareja de cómicos ingleses tiene como trasfondo La Guerra de la Independencia (1775-1783). Sin embargo, la construcción de la nación americana aparece como un invento oscuro. Los Estados Unidos, decía Hegel, se creó a base de una identidad negativa. Al carecer de una identidad sólida, los Estados Unidos se crearon una identidad fundamentada contra aquello a lo que se oponía o no querían ser. En Mason y Dixon, la lucha por independencia y la creación de Norteamérica se presenta como un proceso violento alejado toda épica.

Si Thomas Pynchon rechaza de pleno la concepción de la historia como gran relato y último refugio del humanismo trascendental, es normal que la Ilustración y la idea de progreso no salgan mejor paradas. Pynchon nos muestra la Ilustración y la razón como una manera de expandir la dominación. La famosa línea que Maxon y Dixon trazan para separar los condados de Pennsilvania y Maryland concentra, en sí misma, toda la arrogancia de la razón ilustrada. Como les dice el capitán Zhang:
— Para gobernar indefinidamente, tan sólo es necesario crear entre las gentes que uno gobierna algo que nosotros llamamos.... mala historia. Nada producirá mala historia de una manera más directa y brutal que trazar una línea en particular una línea recta; es la personificación del desprecio en medio de un pueblo a fin de crear una distinción entre ellos. Es el primer golpe, y todos los demás golpes lo seguirán, como si estuvieran predestinados, para llevar al pueblo hacia la guerra y la devastación.
La línea se presenta como el epítome del progreso científico-racionalista que tendrá unas consecuencias sociales y culturales imprevisibles y nefastas. La línea servirá, cien años después, como demarcación oficial en La Guerra Civil para separar el Norte del Sur. Pero también, esa incisión será una imborrable marca de la barbarie y la crueldad de la expansión hacia el oeste; de la silenciada y desdichada historia de los nativos norteamericanos; de la servicia que se esconde detrás del nacimiento de una nación.


 [1] Ferré Francisco Juan: Mimesis y Simulacros: Ensayos sobre la realidad del Marqués de Sade a David Foster Wallace. Malaga. e.d.a libros, 2011. p. 328
[2] Foucault, Michel:  Genealogía del racismo. Argentina, Caronte Ensayos, p. 113
[3] Jameson Fredrick: El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Barcelona, Paidos, 1995, p. 60
[4] Huberman-Didi Georges: Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismos de las imágenes. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2008, p. 62
[5] Agamben, Giorgio: Infancia e historia. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2010.
[6] Mates, Reyes: Medianoche en la historia. Comentarios a la tesis de Walter Benjamin "Sobre el concepto de historia". Madrid, Editorial Trotta, 2009, p. 119
[7] Pynchon, Thomas: El arco iris de la gravedad. Barcelona, Tusquets Editores, 2009, p. 256

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