lunes, 16 de enero de 2012

El lectoespectador; Vicente Luis Mora


Desde Afterpop de Eloy Fernández Porta no leía una ensayo que cartografiase y analizase mejor las mutaciones y caminos que el mundo de la literatura está tomando para adaptarse a los vertiginosos cambios tecnológicos y sociales que las nuevas tecnologías, internet y las redes sociales han provocado en nuestras vidas. Porque no hay nada peor un arte que vive de espaldas a su tiempo, y por desgracia, la vieja proclama de Boccioni: público moderno en vida, retrógrado en el arte es más común de lo que parece. No solo en el terreno de la recepción, que muchas veces no se le da, siquiera, la mera posibilidad de elegir, sino también en el ámbito que atañe a los escritores que prefieren comulgar con narrativas decimonónicas y estéticas rancias que tienen probada su rentabilidad económica. Esos "artistas" que viven inmersos en el siglo XXI en su vida diaria pero que a la hora de crear prefieren transitar por el XIX y el XX con un sentimiento de añoranza o melancolía.

Si nuestra forma de conocimiento y pensamiento es mayoritariamente visual, lo que está provocando cambios evolutivos en nuestra estructura cerebral, ¿no debería y debe la literatura adaptarse a esos nuevos cambios? La  pregunta que lanzaba  Derrida "¿Cómo dar cuenta de los acontecimientos que se suceden en el espacio público profundamente trastornado por los aparatos tecno-tele-mediáticos y por los nuevos ritmos de la información y la comunicación si no es asumiendo en la narración los procedimientos de éstos?" se encuentra, sin duda, muy presente en la obra de Mora:
Vivimos, como decía Culler, en una sociedad donde la televisión, el cine y las nuevas tecnologías dominan el saber común de los ciudadanos y cualquier cosmovisión literaria que las ignore deliberadamente y represente el hoy mediante escenas de falso costumbrismo pretelevisivo abunda en estructuras sociales esclerotizadas e inexistentes, y apela a unos saberes antiguos que ya no presiden nuestro imaginario (p. 152)
"La imagen, el elemento fundamental para entender qué está pasando o comenzando a pasar en la narrativa contemporánea" (p. 67).  Ya no es que los escritores tengan una fuerte influencia de la televisión y del cine (Foster Wallace, Coover, Pynchon) sino que ahora los autores incorporan técnicas de los media. Las obras literarias de esta Era Pangeica de Mora tienen un fuerte componente visual. La obra no queda relegada al texto sino que el diseño y las imágenes tienen tanta importancia o más que éste. Si para Mora House of Leaves es la obra fundamental que inaugura la narrativa pangeica es porque la obra de Danielewski deja obsoleta la categoría de libro; House of Leaves es una artefacto donde el lector deberá mantener una relación material y espacial con la obra. Para muchos escritores la página se ha convertido en una pantalla diseñable (p. 109) y  autores como  Coupland o Danielewski son buena muestra de ello. No obstante,  Mora no ha sido el único que ha llamado la atención sobre la obra de Danielewski, inédita en castellano. El año pasado Juan Francisco Ferré en su estupendo ensayo Mímesis y simulacro tildaba a la obra de: "un ejemplo reciente y portentoso de cruce entre la metaliteratura y la narrativa de la imagen, de inmersión en el mundo de la imagen y de la generación de un simulacro literario y audiovisual absoluto" (p. 303).

Dejando a un lado la importancia de House of Leaves, la idea, que ya desde el mismo título, El lectospectado,  nos sugiere el autor, es que la noción de lector ya no es suficiente de la misma manera que al escritor ya no le basta escribir. Ahora el lector pasa a ser también espectador. El libro pangeico se convierte en una exposición "y el lectoespectador cruza los libros construidos de Danielewski, Fernández o César Gutiérrez con el mismo espíritu con el que un amante del arte contemporáneo visita las salas de la muestra individual de un artista: atendiendo a la vez al detalle y al todo, a la pieza puntual y a la trayectoria"  (p. 119).

La arraigada creencia de que texto e imagen se oponían ha quedado hoy obsoleta. No hay artes puramente visuales o verbales, los medios son híbridos. Algo que cineastas como Jean-Luc Godard o James Benning llevan haciendo años en sus obras. Lo que me lleva a una paradoja artística: cada arte persigue aquello que en teoría no le es propio. 

Lo valioso del El lectoespectador es que Mora conjuga el análisis socieconómico de nuestro mundo contemporáneo con el análisis estético, o mejor dicho, de qué manera los cambios que las tecnologías han provocado en nuestra manera de relacionarnos (redes sociales), acceder a la información (Google) y comprender el espacio o lectura (ebook), han dado lugar a un nuevo tipo de literatura y a un nuevo tipo de lector. Habrá quien se pregunte si esto es necesario o creerá que lo que defiende Mora es una especie de darwinismo artístico, pero lo cierto es que el arte que más cercano está a una época se encuentra paradójicamente fuera del gusto de esa época (Duchamp dixit) y quizás, como decía Sukenick, la forma de la novela tradicional es la metáfora de una sociedad que no existe. El tiempo dirá si lo que esboza Vicente Luis Mora continúa dando frutos, porque como él dice esto acaba de empezar, y las posibilidades narrativas que han abierto conjuntamente internet y los ebook son tantas que deja obsoleta la noción clásica de literatura: internexto, pantpágina, cross-media, transmedia... es una terminología que intentan dar cuenta de todos estos cambios.
La narrativa contemporánea consiste en ir siendo consciente de sus posibilidades narratológicas (posibilidades, insisto, no obligaciones, porque ahora vuelvo hablar como crítico) como interfaz como medio de interlocución entre la historia que se quiere contar y los diversos procedimientos actuales de comunicación que pueden hacerla llegar al lectoespectador (p.66)
Las obras Oscar Gual, Jorge Carrión, Rodrigo Fresán, Germán Sierra, Mercedes Cebrián, Agustín Fernández Mallo o el propio Vicente Luis Mora, entre otros muchos, son una buena muestra de escritores que viven en nuestro siglo XXI y escriben desde él, para los cuales los rígidos marcos estético-literarios heredados se les han quedado muy pequeños porque resultan insuficientes para dar cuenta del proceso de fragmentación y complejización de un mundo que en apenas unos años ha sufrido unos cambios tan profundos que la manera de representarlo no puede seguir siendo la misma.

1 comentario :

Ácido Girls dijo...

Amén. No hemos leído el libro, pero queremos & queremos. ¿Por qué renunciar a los que tenemos? Hay al alcance de nuestras manos muchos instrumentos con pantalla que pueden sernos útiles: no hay por qué renegar de ellos. Tenemos que dejar atrás ya ese tonto romanticismo quizá demasiado adolescente. Lo pasado es pasado y lo que hay que hacer es vivir este presente.