
¿Qué son los hombres modernos?
¿Qué son los hombres modernos?Con esta pregunta formulada por un niño a sus padres acababa la adaptación de la ópera de un sólo acto de Arnold Schoenberg realizada por Danielle Huillet y Jean Marie- Straub, De la noche a la mañana (1997). ¿Dónde yace escondida la la modernidad de este singular matrimonio de cineastas? Su modernidad no reside en la fastuosidad y el virtuosimo de la imagen cinematográfica, como en Wong Kar Wai o Michael Mann; ni en la depuración narrativa y esquelética del cine de Albert Serra o Lisandro Alonso, o en el formalismo poético y contemplativo de Gus Van Sant o Tsai Ming Liang, o en el uso estructuras narrativas laberínticas y siniestras como David Lynch o Teresa Villaverde. La modernidad anácronica de los Straub reside en su no reconciliación con las formas domintantes y las modas, en el rechazo a la homogenización del cine impuesta por el mercado y la crítica, en el respeto con el que se acercan a los textos que filman, a los cuerpos de los actores que los interpretan, a los lugares que sirven como escenario para la recitación, de las palabras, de los versos, a los sonidos directos de la música y de la naturaleza. En su obra las categorias estética desaparecen un actor, un árbol, una roca, un trozo de música o un texto literario, todas son tradas por igual y con el mismo respeto. El rechazo explícito a conseguir lo que el cine nos tiene habituados, una imagen idealista, en la que un cuerpo vale lo mismo que otro, un acento puede sustituir a otro sin que nada se pierda.[1] Un cine que, al igual que en el de Manoel de Oliveira y Marguerite Duras, nos habla y no simplemente llena el tiempo de palabras; la palabra filmada, en donde el silencio cobra su justa importancia, porque fue el sonoro el que lo inventó como nos advirtió Bresson.
El cine de Los Straub rechaza el espectáculo y la banalización que tan habituados nos tiene la cartalera y se opone a la pornografía de la espectacularización de la realidad y de los sentimientos que puebla la televisión. Huye de la valorización de la imágenes y se presenta como un acto de resistencia frente al olvido que supone el audiovisual. Un cine que muestra el ansiado equilibrio en entre forma y pensamiento. Un pensamiento que surge de búsqueda de la complicidad y la ayuda de lo textos que adaptan: Böll, Corneille, Holderlin, Kafka, Duras o Pavese, con los que muestran una especie de fetichismo y reivindicación de sus obras inacabadas y rechazadas. Conscientes de lo que nos advirtió Bazin: el cine es un arte impuro.
Jean Marie Straub y Daniéle Huillet, igual que el matrimonio de la ópera de Schoenberg que llevarón a la pantalla, se niegan a claudicar y a ceder frente a los impulsos y las presiones exteriores, y se han mantenido, a pesar del fallecimiento de Daniele, imperturbables e independientes.
Y es que el cine como sabía Godard no es más que: ¿Dónde y por qué colocar la cámara? ¿dónde y por qué empezar un plano?¿y dónde y por qué acabarlo? y esto, que parece tan nimio pero tan elemental, es parte de la pedagogía del cine Jean Marie- Straub y Danille Huillet.
[1] Zunzunegui, Santos, "Los ojos no quieren cerrarse" en Derivas del cine Europeo contemporáneo, 2007, VV.AA
[2] Frase de Charles Peguy que aparecía en Chronica de Anna Magdalena Batch(1967).



